Joven adulto

Lluvia de desiluciones11

Aunque el día fuese soleado, para él siempre sería gris. “¡Otra vez lunes!”, murmuraba, mientras se levantaba perezosamente de su cama y se preparaba para ir a trabajar.
No le quedaba de otra. Si no, no podría costear los estudios de la facultad, el cual asistía por las noches. Y sus padres ya solo esperaban que él se recibiera para ser útil a la sociedad.
Lunes. Martes. Miércoles. Jueves. Viernes. Los días pasaban lento en la oficina. No pasaba nada extraordinario. Quizás la secretaria quien, luego de visitar el despacho del jefe la semana anterior, podría contar cómo logró ascender al puesto de asistente administrativo. “¡Menuda suerte tienen las mujeres!”, murmuraba él, resignado, quien debía conformarse con compartir cubículo de un empleado mientras realizaba las fotocopias y le servía café.
Una colega de trabajo le hablaba de sus problemas, a la hora del almuerzo. Pidió permiso por maternidad y le rechazaron por falta de personal. “¿Es lamentable!” dice él, resignado. Pero no puede hacer nada. Solo es un pasante más, quien buscaba un puesto permanente para costear todos sus gastos.
Un amigo presentó su tesis y lo rechazaron. Lo encontró llorando en el patio del campus, lamentando su mala suerte. Recordó que debía presentar también su protocolo. Solo debía realizar algunos ajustes para que lo aceptaran y así comenzar con la tesis. “Al menos estás cerca del final” le dijo a su amigo, dándole golpecitos en la espalda a modo de consuelo.
Lunes. Martes. Miércoles. Jueves. Viernes. Sábado. Domingo. Pareciera ser infinito el tiempo que debía esperar para el fin de semana. Podría jugar al fútbol, tomar una cerveza, ir al cine con su novia o simplemente quedarse en casa, sin salir ni ver a nadie. Aún así, los fines de semana también eran grises.
Gris oscuro, claro, medio. No importaba la tonalidad. Todo se volvía a repetir una y otra vez. Y lo que más le angustiaba era que seguiría así por el resto de su vida. Cuando terminara la tesis, cuando lograra un ascenso, cuando se casara, cuando tuviera hijos, cuando muriera.
Morir. ¿Acaso no podía adelantar ese momento? ¿Debía pasar por diversos obstáculos de la vida para llegar a la muerte?
Miró por la ventana. El sol estaba radiante. Pero otra vez era un día gris.

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Y aún sigue

muerte a la esperanza a color

Estaba harto. Los potes de pintura fueron desparramados por el suelo. Todos sus lienzos fueron rasgados, destruyendo así las pinturas más bellas que había hecho en la vida. Y él estaba ahí, acurrucado en el suelo, esperando a que la muerte lo visitara.
Pasaron las horas y él seguía ahí, llorando sin parar. De vez en cuando miraba hacia la ventana, el cual aún deslumbraba con la luz del sol. Pero ni eso era real. El mundo hacía tiempo se sumió en la oscuridad. Y el ingenuo del pintor creía que podía poner color a la vida.
Sí. Vaya vida de mierda. O eso pensaba él, que hacía tiempo no salía de esa depresión. Solo la muerte podía liberar de ese peso, de esa angustia que sentía por ser una carga para su familia.
El exterior se oscureció. El pintor siguió en el suelo. Ya no lloraba. Sus ojos se secaron por completo. No recordaba cuántas pastillas se tomó. Aún así, le daba igual. La muerte seguía sin aparecer.
O quizás ya había muerto. No lo sabía y no quería saberlo. De todas formas, solo se dedicaba a respirar, como un autómata, sin objetivos ni deseos de seguir adelante.
Cuando la oscuridad lo envolvió por completo, se levantó. Si había muerto, podía atravesar las paredes sin problemas. Hizo la prueba, pero terminó golpeándose la cabeza.
Aún seguía vivo, muy a su pesar. Pero ya era tarde. En tres días sería la exposición y aún tenía varios cuadros que terminar.
Se quedó pintando toda la noche. Ya después de finalizar la exposición, lo volvería a intentar. A la próxima, no fallaría.

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Autorretrato dibujado y escrito

Según el horóscopo chino, soy caballo. Y los caballos tienden a ser o buscar la libertad y son creativos, fuertes e inteligentes. En cuanto al horóscopo del zodiaco (que es el que todos conocen) soy Escorpio. Y los escorpianos tienden a ser algo desconfiados y, aunque poseen una gran fuerza de voluntad, pueden ser afectados por las circunstancias que los rodean. ¿Y por qué escribo esto? Simple: No tengo nada mejor que hacer y solo intenté hacerme un autorretrato con cara de póquer y con mis aros de argollas grandes.

Marisol Fernández Recalde. 2016.

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Renacimiento de lo bello

destruccion

El ángel guerrero bajó a la Tierra para ver lo que pasaba. Por alguna razón, la encontró en un ambiente tenebroso, cuyos habitantes se comportaban peor que el demonio.
Algunos traicionaban hasta a sus mejores amigos para conseguir bienes materiales. Otros mataban para obtener lo que más querían. Los que querían escapar de sus responsabilidades mentían, o simplemente culpaban al otro. Y esto y mucho más vio el ángel que, con una desesperación que nunca pensó sentir, le preguntó a Dios el porqué los humanos son así.
En eso estaba cuando vio a unos niños, que estaban jugando entre los árboles. Uno de ellos encontró una flor y, al ver que los otros lo iban a pisotear, dijo:
– Tengan cuidado, o lastimarán esa flor.
– Es solo una insignificante flor – le respondieron los otros niños y pisotearon la planta.
En ángel, compadecido por ese niño de alma pura e inocente, se acercó a él y le dijo:
– No te preocupes, que recibirás un hermoso regalo del gran Creador.
Y en un abrir y cerrar de ojos, el niño tuvo frente suyo un montón de flores hermosas. Algunas eran de una belleza inexplicable, tanto que el pequeño creyó que provenían del paraíso.
– Muchas gracias – le dijo al ángel – pero por más hermosas que sean, siempre alguien las destruirá.
– En este mundo ocurre esa desgracia – le respondió el ángel – pero existe la chance de que vuelva a renacer lo bello, siempre y cuando exista una voluntad de que se haga el bien.
– Eso mismo me dijo mi mamá. Ahora veo que tenía razón.
Entonces el ángel comprendió que, a pesar de que el mundo estuviese invadido por la maldad y el odio, todavía existían personas que deseaban la paz y que, a pesar de todo lo malo de la vida, no perdían las esperanzas de que todo mejoraría algún día.

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Panambi

chica paseando por el bosque

Su nombre era Panambi. Era una niña hermosa, pero muy pequeña. Lo que más le gustaba Panambi eran las mariposas, aunque eso no tenía nada que ver con su nombre. Simplemente, quería ver un jardín lleno de mariposas de diferentes colores, volando de flor en flor y atrayendo, con sus llamativas alas, la mirada de otros seres vivos.
Desde que recordaba, Panambi había visto muchas clases de mariposas en toda su vida: mariposas de alas negras, las de alas amarillas, las de alas “mágicas” que podían confundirse con un tallo o una piedra… pero las que más les gustaban eran las mariposas de alas negras y azules. Y siempre que veía una mariposa de esas, creía que su día sería muy bueno.
Pero un día, cuando fue de viaje, entró en un jardín y encontró otra especie de mariposa. Era una mariposa verde. Si bien, ya había visto mariposas verdes, ésta era de un verde extraño: era un verde oscuro y tenía unas rayas negras en las alas externas. Era la primera vez que veía una mariposa como esa.
Panambi trató de seguirla, pero la mariposa empezó a volar. Era muy rápida, más rápida que cualquier otra mariposa que Panambi hubiese visto. Por esa razón, la perdió enseguida.
Después de eso, nunca más vio a una mariposa parecida a esa. Pero tampoco la olvidó y, en el fondo de su corazón, esperaba encontrarse algún día con esa mariposa porque sabía que, si la veía de nuevo, tendría mucha suerte durante toda la vida.
Y hasta hoy, sigue buscándola.

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