Adultez

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Existe esa delgada línea entre la adolescencia y la adultez. ¿Lo has notado? Es cuando, pasados los veinte y un poco alcanzando los treinta, vas adquiriendo ciertos hábitos o manías que tanto criticabas a tus padres: empiezas a controlar tu dieta y a dejar de malgastar dinero en cosas que no necesitas. ¡Ya sabes! La semana que viene vence la factura y aún debes realizar las compras del súper. Los dibujitos que veías en tu infancia te parecen estúpidos, pero los sigues disfrutando. Y aunque todavía sigues metiendo la pata y durmiendo donde sea, ya te percatas de que debes encargarte de muchas cosas por tí mismo. Un día estás disfrutando de Dragon Ball o Sailormoon y, al otro, estás formando cola en el banco para retirar tu sueldo del mes. Un día sales con tus amigos a una fiesta y, al siguiente, vas modificando tu curriculum para alguna otra oportunidad laboral. El tiempo no se detiene, cada vez tus ojeras se profundizan. Ya va siendo hora de consultar tus gastos. Si ya tienes hijos, debes repartir parte de tu tiempo con las actividades escolares y demás. Y si no tienes hijos, te ocupas por completo de tí y, aún así, sientes que no das abasto. Y llega un punto en que te preguntas cómo tus padres podían con todo, siempre estoicos, como si tuvieran la solución en sus manos. No lo tenían. Solo supieron disfrazar sus frustraciones con una imagen falsa de la realidad. Y a pesar de todo, te das cuenta de que ser adulto es divertido. Puedes ir donde sea, ya sea solo o acompañado. Ya no te importa el qué dirán ni tampoco eliminar de tu vida a la gente tóxica. Y ante una decepción amorosa, cambias de página finalizando el asunto. Cuando aprendes a controlar tu dinero. también puedes aprender a conocerte a tí mismo, se te abre la mente a muchas posibles soluciones y, lo más importante, sabes cuáles son tus límites. Así que sé libre. Vuela. Eres un adulto. El tiempo pasa. Vive la vida lo mejor que puedas porque, cuando mueras, solo tus recuerdos te llevarás.

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Helado gratis

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Un chico se acercó a una chica cualquiera, creyendo que lograría algo con ella. Fingió perderse y, al final, caminaron juntos. Entre charla y charla, el chico la invitó a tomar helado. Ella aceptó y se sonrojó. Él se confió. La veía tímida, inofensiva. Sin embargo, también era esquiva. Después de un rato, ella le dio su número de teléfono y se marchó, agradeciéndole el helado. El chico, al rato, marcó el número. Pero le daba equivocado. Quizás lo anotó mal. O fue timado. Quién sabe. ¿Y la chica? Ella feliz porque tomó helado gratis en una etapa de su vida que no tenía interés en nadie más que en sí misma.

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Microcuentos

Solo un paseo

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No lo sé. La veía confundida. Quizás alterada. Quise acompañarla un rato. ¡Dios! ¡Es tan hermosa! ¡E inalcanzable! Después de todo, solo es un paseo.

Hombre 

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“Pensar como hombre” escuché alguna vez. ¿Cómo piensan los hombres? No tengo idea. Según el imaginario, el hombre piensa en muchas cosas. En ese caso, yo también lo hago. ¿Eso me hace un hombre?

Incesto

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Dios creó a Adán y Eva. Ellos tuvieron dos hijos y uno falleció. El que quedó no tenía mujer alguna con quien procrear. ¿Acaso el origen del mundo es producto del incesto? Si digo eso me tacharán de blasfema. Lo siento, mi mente fue afectada por el acto incestuoso del inicio de los tiempos cuando solo había manzanitas para comer.

Rompiendo tu ego 

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Te aman. Te amas. No amas a nadie. Todos te aman. Me conoces. Te odio. Te obsesionas. Me atrapas. Te sigo odiando. Te carcomes por dentro. Me desprecias. Me marcho. Se acabó.

 

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Caminos de otros días. Capítulo 3: sol y luna (parte 2)

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Camino de otros dias cap 3 part 2 color

Uryan cerró los ojos y pensó en Solestelar. Poco a poco, sintió que atravesaba una pared dura, que le impedía trasladarse al “mundo material”, donde Solestelar residía en esos momentos. Pero lo logró. Al fin pudo lo que Mijail realizó hacia millones de años: transmitir una proyección de sí mismo a un “mundo material” sin necesidad de desvanecerse por completo.

Sintió la presencia de Solestelar. Venía de una pequeña y extraña casa, de techo a dos aguas y paredes blancas. La casa era de dos pisos y la ventana del primer piso estaba entreabierta. Uryan voló hacia ella, la abrió y encontró a su amiga, durmiendo profundamente en una cama de sábanas rosadas. En esos momentos, tenía el aspecto de una niña de cinco años, de cabellos castaños y piel trigueña. Le acarició la cabeza, sintiéndola más dura que la energía más concentrada de su planeta. Y habló en un susurró, para no despertarla y asustarla con su inesperada visita.

  • Solestelar, me alegro que estés bien. Soy Uryan, aunque no me recuerdes. Es la primera vez que hago esto y siento que no me queda mucho tiempo. Por lo tanto, quiero que permanezcas en este mundo lo más que puedas hasta que pueda permanecer aquí, en eso llamado “envase”, y pueda contactar contigo de vuelta. Mientras, te transmitiré parte de mis recuerdos para que, cuando nos volvamos a ver, te acuerdes de mí.

Uryan posó ambas manos sobre la cabeza de la niña y le transmitió sus recuerdos. Cuando terminó, ingresó a su mundo, abrió los ojos y se quedó observando un fragmento del mundo material al que había visitado. Por la falta de luz, supuso que era de noche. Pero había un gran satélite en el cielo, al que los “materiales” le decían “Luna”. Al menos, ese mundo tenía algo hermoso que aparecía por las noches, en compañía de las estrellas. Por lo tanto, deseó que, cuando encarnara en ese mundo material, lo hiciera bajo la luz de la luna.

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Caminos de otros días. Capítulo 3: sol y luna (parte 1)

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Camino de otros dias cap 3 part 1 color

En la sala de profesores, Lucero estaba analizando el dibujo de Manuel. Le había preguntado el porqué no dibujó lo que hizo en las vacaciones y él insistió en que sí cumplió la consigna. Cuando le preguntó qué significaba el dibujo, Manuel solo le dijo que era él con una amiga a quien no veía más.

  • ¿Y por qué le pusiste alas? ¿Tu amiga es un ángel?

Manuel no respondió a esa pregunta.

Mientras reflexionaba sobre el dibujo y las palabras del niño, entró a la sala el profesor guía de los alumnos de cuarto grado, llamado Carlos. Era de estatura mediana, delgado y de cabellos castaños.

  • ¿Qué tal, Lucy? ¿Te dan mucho trabajo los de primero?- le saludó Carlos, como si fuesen amigos íntimos.

Lucero resopló con fastidio. Carlos la molestaba, no paraba de mirarla de una manera extraña. Guardó el dibujo de Manuel junto con los otros trabajos y lo miró fijamente, con cara de pocos amigos.

  • Tengo mucha suerte. Los chicos son muy aplicados y entusiastas- le dijo Lucero, secamente y con el deseo de terminar la conversación.
  • ¡Increíble!- dijo Carlos, que no había notado la frialdad del tono de voz de Lucero- no puedo decir lo mismo de mis alumnos. ¡Se la pasan charlando en clases!
  • Debo irme- dijo Lucero, levantándose rápidamente y acercándose a la puerta- tengo reunión de padres de primero.
  • ¿Tan pronto? Si lo deseas, podemos ir a la cafetería más tarde…
  • ¡Ya tengo compromiso! Gracias- mintió Lucero, cerrando la puerta con brusquedad y alejándose rápidamente de la sala de profesores.

En la reunión de padres, Lucero les comentó a todos sobre las actividades que realizarían, lo que tenían planeado hacer y les sugirió que siempre acompañaran a sus chicos en las tareas para la casa, así como también que procuren buscar a los chicos al finalizar la jornada lo más pronto posible por el tema de la seguridad.

Cuando terminó la reunión, todos se fueron excepto la mamá de Manuel. Al contrario que la tía del pequeño, ella no tenía el cabello teñido. Tenía los ojos bien grandes y, a pesar de unas pequeñas arrugas que cruzaban su cara, era una señora muy bonita. Lucero se acercó a ella y le comentó sobre la tía de Manuel, a quien había intercambiado conversación la semana pasada y que le comentó que cuidaba del niño la mayor parte del tiempo.

  • En realidad soy musicóloga- dijo la mamá de Manuel- pero me especialicé en el manejo de la guitarra y suelo realizar viajes al exterior. ¿No le ha dado problemas mi hijo? ¿No ha dicho nada extraño?
  • Es un chico muy tranquilo. El problema es que no quiere integrarse al grupo. Durante el recreo siempre está solo y tampoco participa en clase.

La mujer miró a los costados, como si temiese que alguien las estuviese espiando. Luego, miró a Lucero seriamente y dijo:

  • Mi cuñada le ha metido costumbres extrañas a mi hijo, durante mis ausencias. Sé que no estoy en condiciones de criticarla, pero esa ramera tiene la culpa de todo.
  • ¿Por qué dice así de su cuñada?
  • ¡Porque eso es lo que es! Discúlpame, profesora, no debí gritarla. Ella va a trabajar a ese bar todas las noches. Dice que es mesera, pero a mí no me convence. Bueno, en realidad ella siempre insiste en cuidar de Manu, porque dice sentir culpa porque mi novio, su hermano, me abandonó. Manuel no sabe de esto. Él cree que “fue de viaje” a otro mundo. Y la ramera de mi cuñada se encargó de adornar ese cuento llenándolo de ángeles, hadas y demás seres fantásticos. Desde que Manuel aprendió a hablar, siempre creyó que su padre está viviendo “en el mundo de los ángeles”. ¿Y sabes qué fue lo que pasó un mes antes de iniciar las clases? ¡Mi propio hijo me dice que él fue un ángel y que nació para buscar a una amiga que conoció en su “otra vida”! ¿Puedes creerlo?

La musicóloga empezó a reír con amargura. Lucero no sabía cómo reaccionar. Nunca creyó que la vida de Manuel fuese así de triste. Sin embargo, a pesar de todo, la tía del niño quiso conservar su inocencia con esos cuentos que, para la mamá, solo le parecían superfluas e innecesarias.

  • Yo creo que a los niños hay que decirles la verdad, desde el comienzo- dijo Lucero- porque, cuando son grandes, les costará aceptarlo. Sé que los adultos mentimos por compasión. Pero los niños no son tontos. Tarde o temprano terminará descubriendo la verdad.
  • Pues díselo a mi cuñada- dijo la musicóloga, esta vez con una expresión de profundo enojo- no te contradecirá, pero tampoco te hará caso. La semana que viene me integraré con un grupo de guitarristas e iremos a un concierto en Bolivia. Solo espero que no tengas problemas con Manuel.

Luego de que la musicóloga se fuera, Lucero se encontró con Jorge. Daba la sensación de que la estaba esperando. Le preguntó si necesitaba algo y él dijo:

  • En realidad… me preguntaba… si no te gustaría ir a comer conmigo en la cafetería. Este… ¡No me malinterpretes! ¡Solo será una salida de amigos! Je je…
  • Lo entiendo- dijo Lucero, mostrándole una sonrisa amistosa- pareces un adolescente cuando te comportas así.
  • ¡Perdón!
  • ¿Por qué me pides perdón?
  • ¡Otra vez metí la pata!- dijo Jorge, poniéndose completamente colorado- Lo siento, no sé expresarme bien y casi siempre me meto en problemas… verás… yo… tú… me…
  • Gracias- dijo Lucero, dándole una palmada en el hombro- Lo entiendo. Lo sufrí durante la adolescencia. Pero pude superarlo.

Jorge miró a Lucero, sorprendido. La verdad, no esperaba que aceptara tan pronto su propuesta.

A la salida, cuando entraron a la cafetería, aparecieron unas nubes grises que cubrieron el sol. Lucero lamentó no haber traído un paraguas y Jorge le dijo que la podía llevar a su casa en coche.

  • No te molestes. Ya estoy acostumbrada a caminar bajo la lluvia.
  • ¡No es molestia! Como colegas, deberíamos ayudarnos.

Lucero se rió. Definitivamente Jorge le parecía un hombre gracioso y de buen corazón. Sintió que era alguien a quien podía confiarle sus inquietudes. Por lo tanto, le comentó sobre la familia de Manuel, las extrañas creencias del chico y le mostró el dibujo que realizó en clase.

Jorge se quedó reflexionando sobre el dibujo y lo que le confesó Lucero. Luego dijo:

  • Yo también creía esas historias. ¿Sabes? Cuando era niño creía que, en el sol, vivían los ángeles.
  • ¿Ángeles en el sol? ¡Qué extraño!
  • ¡Es una locura! Pero bueno, el sol es como un planeta, lleno de plantas, animales, personas… bueno, no como nosotros, sino “incorpóreos”, basados en energía. Y también creía que nosotros, los humanos, descendemos de esos ángeles.
  • Realmente es extraño. Me suena a un lindo cuento de fantasía.
  • Sí. Los niños creen cada cosa… ¿Sabes? A veces desearía volver a ser niño y seguir soñando con esas fantasías. Cuando uno crece, choca con la realidad y, poco a poco, se va adaptando a ella, creyendo que su vida nunca cambiará. Por cierto, ¿Cuáles eran tus creencias de niña? ¿O fantasías?

Lucero empezó a rememorar su pasado, el cual lo había guardado en un cofre duro y difícil de abrir. Cuando lo logró, sonrió con mucha nostalgia y respondió a su pregunta.

  • Yo creía que, antes de nacer, vivía en un mundo mágico, de amaneceres fantásticos y flores multicolores. Ahí las personas podían volar y estar en dos lugares al mismo tiempo. No envejecían, no morían y el amor no se extinguía. Todos eran extremadamente hermosos, de piel suave, vestidos sedosos y voces angelicales. Y lo mejor era que, del suelo, nacían las estrellas y, lentamente, iban elevándose hasta el cielo azul oscuro de la noche.

Jorge se quedó asombrado por las palabras de Lucero. Ella era muy descriptiva, tanto que, incluso, pudo vislumbrar aquel fantástico mundo en su mente. Ambos quedaron en un largo silencio, que fue interrumpido por la misma Lucero riéndose a carcajadas.

  • ¿Realmente yo creía que existía ese mundo? ¿Qué vivía ahí antes de nacer? Jajaja. ¡Creo que ya había visto demasiadas películas de fantasía durante mi infancia! Jajajaja.

Cuando terminó de reírse, sus ojos empezaron a brillar de la nostalgia. Giró la cabeza hacia la ventana, la volvió a girar en dirección a Jorge y volvió a mostrarle una sonrisa amistosa.

  • Es la primera vez que le cuento esto a alguien- Confesó Lucero, mientras masticaba su comida- Pero veo que no soy la única que pasó por esto.
  • Todos los niños tienen sus fantasías- Le dijo Jorge, también masticando la comida- ¿Y qué harás con Manuel? ¿Le dirás la verdad sobre su padre?
  • No lo haré. Eso le corresponde a su madre y a su tía. Solo me encargaré de que se integre con otros niños y participe más en clases. Es mi trabajo como docente.
  • ¡Así se habla!

Y sin añadir nada más sobre el asunto, terminaron su almuerzo.

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