Huella

Un día, revisando un viejo album familiar, encontré las huellas de mis manos, de cuando tenía cuatro años. Era de un trabajo de jardín, donde nos pintaron las manos con témpera y las plasmamos en un papel. 
No recuerdo nada de la época del jardín, pero sí quedó registrado el tamaño de mis manos de ese entonces. Coloqué mis manos actuales en esa pequeña figura delicada, ajena, de un lejano pasado. La diferencia de tamaño, textura, sensación… tanto pasó desde los cuatro hasta el presente. Crecí tanto, todo mi cuerpo se extendió. De pequeña mis padres me parecían inmensos. Al crecer, los igualé en estatura. Y muchos adultos que conocí, al reencontrarme con ellos siendo yo grande, ya no me parecen enormes. Me volví más altas que ellos. Y sin embargo, aún se conservó esa huella de mi infancia, en la que era pequeña, frágil e inocente. Esa huella hecha con témpera y plasmada sobre un papel, conservándose ese recuerdo, eternizando mi infancia, mi vida entera. De seguro quería ser adulta, sin saber lo difícil que sería la adultez. Pero bueno, así son los niños. 

Y ante ese recuerdo, contorneé mis manos en un cuaderno común, con un bolígrafo, para eternizar mi primera etapa de la adultez. Una etapa dividida en subetapas, todas con un mundo propio, un libro diferente con una historia distinta. Quien sabe, quizás aún sigan escribiendose más libros mentales de mis huellas. 

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La ciudad del alquiler

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El colectivo se detuvo apenas toqué el timbre. Cuando bajé, tomé un poco de agua y me abaniqué con mi sombrero. Había llegado a Asunción, donde nací y crecí. Aunque estaba lejos de mi destino final, decidí bajarme unas cuantas cuadras antes para recorrer esas viejas calles, las cuales con el paso del tiempo se me hicieron completamente desconocidas. Como si fuesen de otra dimensión.

Empecé a caminar. Unos metros adelante, donde antes había tres casas pequeñas, se levantaba un impotente edificio de lujo. Esa escena se ha vuelto parte de mi cotidianeidad en estos últimos años. Hermosas mansiones antiguas, casas hogareñas y demás construcciones cuyos dueños no pueden mantener, están desapareciendo ante mis ojos para ser reemplazados por supermercados, departamentos, centros comerciales y edificios corporativos.

El departamento se veía bonito, práctico, cuyo precio de alquiler estimaba entre los dos millones a cinco millones de guaraníes, de una o dos piezas. ¿Pero qué hay de los estudiantes? ¿La gente humilde? ¿Los que apenas llegan a fin de mes? Casi todos ellos deben vivir en piezas de alquiler o monoambientes de pésima infraestructura y precio alto. En todo eso estuve pensando mientras observaba ese departamento. Seguí caminando, porque el guardia me miraba de forma sospechosa. ¡Hasta guardia de seguridad tenía ese edificio!

Un poco más adelante, encontré una casa hogareña con el cartel de “Alquilo”. Jardín amplio, con garaje para dos autos y portón eléctrico. Delante de la casa había un grupo de personas: el futuro inquilino, el dueño de la casa y un agente inmobiliario. Como preferí seguir mi camino, apenas escuché lo que decían. Solo atiné a escuchar algunas frases:

  • El precio es alto, pero la casa es bonita. Si me baja el alquiler le prometo realizar refacciones y ser puntual con la cuota.

Asunción se convirtió en un campo de inmuebles vacíos, cuyos propietarios (o sus descendientes) no pueden mantenerlos debido a los altos costos de impuestos y refacciones. Mi hermana y yo estamos batallando para seguir en pie y, de esa forma, cubrir los gastos de impuestos y mantenimiento de nuestra casa. Pero es difícil. Siempre hay alguien que busca una oportunidad para joder al prójimo.

“Sé más positiva” pensé, mientras seguía mi recorrido en ese extenso campo repleto de carteles de “Alquilo” y “Vendo”. Cada tanto tropezaba con algún montículo de madera o escombros. Maldecí por dentro a los albañiles y sus patrones irresponsables, que piensan que la cuadra es de ellos y pueden destruirlo a su antojo.

Hasta que al final llegué al destino: mi casa. Acabaron de sacar el letrero de “Alquilo”. Di un suspiro, toqué el timbre y, cuando abrieron la puerta, saludé:

  • Hola, soy Marisol. La del alquiler.
  • Un momento, por favor.

Me dieron el dinero, les entregué la factura y me marché de la ciudad del alquiler.

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Adultez

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Existe esa delgada línea entre la adolescencia y la adultez. ¿Lo has notado? Es cuando, pasados los veinte y un poco alcanzando los treinta, vas adquiriendo ciertos hábitos o manías que tanto criticabas a tus padres: empiezas a controlar tu dieta y a dejar de malgastar dinero en cosas que no necesitas. ¡Ya sabes! La semana que viene vence la factura y aún debes realizar las compras del súper. Los dibujitos que veías en tu infancia te parecen estúpidos, pero los sigues disfrutando. Y aunque todavía sigues metiendo la pata y durmiendo donde sea, ya te percatas de que debes encargarte de muchas cosas por tí mismo. Un día estás disfrutando de Dragon Ball o Sailormoon y, al otro, estás formando cola en el banco para retirar tu sueldo del mes. Un día sales con tus amigos a una fiesta y, al siguiente, vas modificando tu curriculum para alguna otra oportunidad laboral. El tiempo no se detiene, cada vez tus ojeras se profundizan. Ya va siendo hora de consultar tus gastos. Si ya tienes hijos, debes repartir parte de tu tiempo con las actividades escolares y demás. Y si no tienes hijos, te ocupas por completo de tí y, aún así, sientes que no das abasto. Y llega un punto en que te preguntas cómo tus padres podían con todo, siempre estoicos, como si tuvieran la solución en sus manos. No lo tenían. Solo supieron disfrazar sus frustraciones con una imagen falsa de la realidad. Y a pesar de todo, te das cuenta de que ser adulto es divertido. Puedes ir donde sea, ya sea solo o acompañado. Ya no te importa el qué dirán ni tampoco eliminar de tu vida a la gente tóxica. Y ante una decepción amorosa, cambias de página finalizando el asunto. Cuando aprendes a controlar tu dinero. también puedes aprender a conocerte a tí mismo, se te abre la mente a muchas posibles soluciones y, lo más importante, sabes cuáles son tus límites. Así que sé libre. Vuela. Eres un adulto. El tiempo pasa. Vive la vida lo mejor que puedas porque, cuando mueras, solo tus recuerdos te llevarás.

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Helado gratis

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Un chico se acercó a una chica cualquiera, creyendo que lograría algo con ella. Fingió perderse y, al final, caminaron juntos. Entre charla y charla, el chico la invitó a tomar helado. Ella aceptó y se sonrojó. Él se confió. La veía tímida, inofensiva. Sin embargo, también era esquiva. Después de un rato, ella le dio su número de teléfono y se marchó, agradeciéndole el helado. El chico, al rato, marcó el número. Pero le daba equivocado. Quizás lo anotó mal. O fue timado. Quién sabe. ¿Y la chica? Ella feliz porque tomó helado gratis en una etapa de su vida que no tenía interés en nadie más que en sí misma.

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Microcuentos

Solo un paseo

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No lo sé. La veía confundida. Quizás alterada. Quise acompañarla un rato. ¡Dios! ¡Es tan hermosa! ¡E inalcanzable! Después de todo, solo es un paseo.

Hombre 

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“Pensar como hombre” escuché alguna vez. ¿Cómo piensan los hombres? No tengo idea. Según el imaginario, el hombre piensa en muchas cosas. En ese caso, yo también lo hago. ¿Eso me hace un hombre?

Incesto

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Dios creó a Adán y Eva. Ellos tuvieron dos hijos y uno falleció. El que quedó no tenía mujer alguna con quien procrear. ¿Acaso el origen del mundo es producto del incesto? Si digo eso me tacharán de blasfema. Lo siento, mi mente fue afectada por el acto incestuoso del inicio de los tiempos cuando solo había manzanitas para comer.

Rompiendo tu ego 

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Te aman. Te amas. No amas a nadie. Todos te aman. Me conoces. Te odio. Te obsesionas. Me atrapas. Te sigo odiando. Te carcomes por dentro. Me desprecias. Me marcho. Se acabó.

 

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