Vuelta estrella de las ideas

 “¡Un! ¡Dos! ¡Vuelta estrella!”

Era la indicación que nos daba la profe de educación física en el colegio. Y todos nosotros debíamos agacharnos, apoyar los brazos por el suelo y, con el impulso de nuestras piernas, dar la famosa “vuelta estrella”.

No importa cuanto intentara, nunca me salía. Parecía más bien un tropezón de cabeza abajo. Nunca había sido buena con los ejercicios físicos. Y, la verdad, de pequeña, era igual de ágil a como lo es una tortuga intentando correr a toda velocidad.

“¡Vamos! ¡Otra vez! ¡Un, dos!…”

Por suerte, no era la única que sufría con ese traumático ejercicio.

Había una compañera, que era muy gorda, que ni siquiera podía levantar los pies del suelo. Por alguna razón, la profesora se la tomó con ella y le exigía una y otra vez que volviera a intentarlo. La pobre estaba muy cansada. Parecía que le derramaron agua por su remera, pero en realidad era su sudor. Algunos de mis compañeros se rieron al verla.

De seguro, esa compañera se sentía patética.

No la culpo. Yo también me sentiría así si tuviese sobrepeso y me obligaran a hacer ejercicios. Al menos, de niña nunca tuve ese problema. Mi único problema fue la clase de educación física.

Cansada de verla sufrir, le llamé a la profesora y le pedí que me explicara mejor cómo hacer la vuelta estrella. Por un momento, la profesora se olvidó de mi compañera y se acercó a mí. Todos nos rodearon en círculo, dejándonos a la profe y a mí en el medio.

–          Quiero que todos atiendan bien. Necesitan de un buen cálculo y tener mucha fuerza y agilidad, tanto en los brazos como en las piernas. Lo primero que deben hacer es separar las piernas.

La profesora tomó mis piernas y me indicó cómo separarlas. Luego se puso a mi lado y dijo:

–          Quiero que sigas mis movimientos. Cuando te lo muestre, grábalo en tu mente e inténtalo. No te saldrá bien la primera vez. Pero si practicas te saldrá de maravilla.

Entonces, la profesora me mostró su vuelta estrella. Era espectacular. Lo hacía con mucha agilidad y gracia, que parecía una bailarina de ballet. Me di cuenta de que ella no intentaba separar los dos pies del suelo al mismo tiempo. Primero comenzó con el izquierdo y luego con el derecho, que lo usó para impulsarse hacia adelante. Y terminó apoyando el pie izquierdo, luego el derecho y, al final, sus manos se separaron en el suelo y quedaron por los aires.

–          Bien, es tu turno- me dijo.

Sí, memoricé sus movimientos. Tengo buena memoria. Mi cuerpo es el problema. Hice tal como ella me lo mostró, pero no terminé con las manos en el aire. Más bien terminé con mis nalgas por el suelo. Logré hacer una vuelta, pero no logré terminar parada.

Algunos compañeros se rieron. La profesora les hizo callar y dijo:

–          No está mal, solo te falta equilibrio. Bien, terminó la clase. Pueden ir al recreo.

Pasaron muchos años, hasta que finalicé el colegio con notas sobresalientes. La verdad, nunca logré que me saliera la vuelta estrella, pero ya no me importaba. Pronto comenzaría con la vida universitaria y tenía otras preocupaciones más importantes que atender…  

Un día, encontré un anotador extraño. Lo abrí y encontré un pequeño texto que decía:

“¡UN! ¡DOS! ¡VUELTA ESTRELLA! Era la indicación que nos daba la profe de educación física en el colegio. Y todos nosotros debíamos agacharnos, apoyar los brazos por el suelo y, con el impulso de nuestras piernas, dar la famosa vuelta estrella”.

Seguí leyendo el texto, en la que me pareció muy conocida la historia. Hasta que, al final, el texto terminó de esta manera:

“Pasaron muchos años, hasta que finalicé el colegio con notas sobresalientes. La verdad, nunca logré que me saliera la vuelta estrella, pero ya no me importaba. Pronto comenzaría con la vida universitaria y tenía otras preocupaciones más importantes que atender”

Eso era todo lo que decía.

Y entonces, me di cuenta de que el texto redactaba una experiencia que tuve en la primaria, de cuando aprendimos a hacer la vuelta estrella. Lo que no entendía era por qué hablaba también de cuando finalicé el colegio, en el último párrafo. Por lo visto, quise escribir una historia luego de aprender a hacer la vuelta estrella y nunca supe cómo terminarla.

Era la única hoja escrita. El anotador tendría como cien hojas en blanco, todas a la espera de que alguien se apiadara de ellas y las llenara de letras, palabras, oraciones y párrafos.

Por lo tanto, decidí continuar con la historia. Comencé con que encontré el diario y recordé mi infancia. No solo me frustré con la vuelta estrella, también me maravillé con las notas que sacaba en matemáticas, cómo me hice amiga de mi compañera gorda y cómo ella, durante la secundaria, hizo dieta y se volvió delgada y bonita. Recordé la vez en que mi hermano me asustó con un sapo muerto, cómo mi mamá lo reprendió, cuando viajamos a Italia y fantaseamos con las batallas del coliseo. También cómo noté que, un día, mis pechos me estaban creciendo y ciertas ropas ya me quedaban chicas. Creo que fui una de las primeras en usar corpiño, para que los varones empezaran a querer tironearlo. Uno de ellos recibió como regalo un ojo hinchado de mi parte.

También recordé la vez en que cumplí quince años. Ya me sentía grande, aunque todos me trataban como una niña. Y cuando cumplí dieciocho, para descubrir que recién a los veinte años podría comprar bebidas alcohólicas.

Y tiempo después, estaba yo ahí, recordando el pasado y escribiéndolo en un anotador antiquísimo. Muchas cosas cambiaron en estos años: antes quería crecer, ser adulta, que me saliera la vuelta estrella y ser una gran corredora. La verdad, crecí tanto que soy más alta que mi mamá, pero no me siento en absoluto una adulta y aún me cuesta hacer los ejercicios físicos.

En honor a mi infancia, decidí volver a intentarlo. Tal como lo hice en aquella clase de educación física, separé las piernas y empecé a calcular cómo haría la vuelta estrella. Y, sin pensarlo, apoyé las manos por el suelo y me impulsé hacia adelante.

Sería hermoso terminar este relato con que, teniendo veinte años, por fin logré la vuelta estrella. Pero la realidad es otra: mis piernas cayeron pesadamente al suelo, haciendo que perdiera el equilibrio y me cayera por completo.

Ya en el suelo, me puse boca arriba y miré el techo de mi casa. Volvieron mis recuerdos, haciéndome entender que ya no era la misma. Bueno, sigo siendo la misma persona, pero ya con otro carácter y otro físico. Empecé a reírme como nunca antes, sintiéndome tal como se había sentido mi compañera cuando intentó hacer la vuelta estrella: una completa idiota.

Así me encontraron mis padres, que llegaron del trabajo. Me preguntaron qué me pasaba y qué hacía tirada en el suelo.

–          No me pasa nada- les dije- solo estaba recuperando el tiempo perdido.

Ellos suspiraron. Solo yo me entiendo, pero estoy feliz. Esta vuelta estrella de recuerdos y memorias me hizo ver la vida de otra manera. Y también me hizo reflexionar mucho sobre lo que quería ser en realidad.

Me puse frente a mis padres y, mirándoles fijamente, dije:

–          Ya sé lo que quiero estudiar. Quiero ser profesora de historia y de educación física…

Nota: cuento escrito en el 2011 e ilustrado en el 2012 XD

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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