La herencia de una bruja

Todos le decían “La bruja”. Era alta, fea y esquelética. Siempre iba con un vestido negro, de mangas largas y falda hasta los tobillos. Pero, a pesar de las apariencias, “la bruja” era una mujer de buen corazón.

Todas las mañanas salía al patio de su casa y le daba de comer a todos los gatos del barrio que, atraídos por un “no se qué” que dicen los supersticiosos, utilizaban la casa de “la bruja” como un refugio del frío y del hambre. Luego, ella salía a barrer toda la cuadra y a recoger la basura que los vecinos inconscientes siempre arrojaban en el medio de las veredas. Y por alguna extraña razón que nadie sabía explicarse, mantenía la cuadra siempre limpia y reluciente.

Pero, a pesar de todo ese trabajo, los vecinos usaban su imagen como medio para asustar a los niños que no tomaban la sopa o no hacían las tareas. Así lograron que “la bruja” se quedara cada día más sola y distante, y los niños de vez en cuando le arrojaran piedras para ahuyentarla.

La única que no le arrojaba piedras ni le temía era una niña llamada Tania. Esa niña era muy terrible: no hacía las tareas, derramaba la sopa que le servían en el almuerzo y, cada dos por tres, escapaba del colegio para jugar en el parque. Su mamá, cansada de castigarla cada rato, le amenazó con que la bruja la llevaría y la utilizaría para comida de gatos.

– Estos adultos… ¿Cuando aprenderán que ese truco no funciona conmigo?- decía Tania por lo bajo.

A pesar de todo, “la bruja” siempre le trajo curiosidad. Le parecía un ser misterioso, como salido de un cuento. Había tantas brujas en los cuentos que leía y casi todas eran malvadas y perversas, que comían a los niños, envenenaban hermosas princesas o se transformaban en dragones para destruir reinos. Pero “la bruja”, en cambio, solo se dedicaba a limpiar las veredas y dar de comer a los gatos.

Un día, Tania les dijo a sus amigos que les demostraría a todos que la bruja no era mala.

– ¿Y cómo piensas demostrarlo?- le preguntó un niño miedoso.

– Entraré en su casa, por supuesto- dijo Tania, como si el niño le hubiese hecho una pregunta tonta.

– ¿Estás loca? ¡Te matará!- le dijo otro niño- de seguro sabe muy bien que te escapaste del colegio la semana pasada. Tú misma dijiste que pasaste frente a su casa y… te vio…

– Pudo haberme capturado en ese entonces- dijo Tania- Y si “La bruja” resulta ser mala, le daré un golpe fuerte y me escabulliré de sus brazos. Ni su gran magia podrá con mi velocidad.

– Estás loca de remate. Así que dejaré que hagas lo que quieras. Prefiero no arriesgarme.

– Yo tampoco- dijeron los otros niños

– Váyanse, cobardes. Si es cierto lo que digo, traeré algo que sea de “La bruja” y le mostraré a los otros niños que ella no es de temer.

Y sin decir nada más, les dio la espalda y se fue derechito a la casa de “La bruja”.

Justo en ese momento, “La bruja” estaba regresando de limpiar la cuadra. En un basural, encontró dos gatitos hambrientos y decidió llevarlos a su casa.

Cuando llegó, les dio de comer y los gatitos devoraron todo de una vez. Luego, se sentó en su sillón y, mientras tarareaba una canción vieja, tejió un nuevo vestido para los nuevos miembros de la casa.

Así la encontró Tania, que se trepó en las rejas y entró por la puerta de atrás, siempre abierta dado que ningún ladrón quería entrar a la casa. Lo que le llamó la atención a la niña era la cantidad de gatos que había. También le llamó la atención que, con el ruido que hacía, “La bruja” todavía no se había levantado para ver quién era el intruso.

Así que Tania, con mucha cautela, se acercó a “La bruja” y le saludó:

– Buenos días, señora.

“La bruja” dejó de lado su trabajo y la miró atentamente. Luego le preguntó:

– ¿Qué haces aquí? ¿No me temes? Todos los niños me tienen miedo

Tania se acercó aún más a la bruja y le dijo:

– Yo no te tengo miedo. Tampoco te arrojo piedras ni nada por el estilo. Me porté tan mal en el colegio que, si fuesen cierto las amenazas de mis padres, hace rato sería comida para gatos. Y como quería demostrarles a esos niños tontos que no eres de temer, entonces entré a tu casa. Perdón por entrar indebidamente.

Las explicaciones de Tania fueron interrumpidas por la carcajada de “La Bruja”. Su risa era fuerte y chillona, tal como las risas de las brujas de los cuentos infantiles.

– Sí que eres una niña muy valiente- dijo La Bruja, luego de terminar de reír- me recuerdas a mi hija que, si siguiese con vida, tendría treinta años.

Eso sorprendió tanto a Tania que no evitó abrir la boca, hasta el punto de no cerrarla más.

– Sí, tuve una hija. Fue hace años, cuando nadie me conocía como “La Bruja”. Mi marido era un conde y yo era hija del dueño de una prestigiosa empresa. Así que nuestra relación estaba asegurada. Pero luego, sin explicarme el porqué, mi marido tuvo una extraña enfermedad y murió. Yo estaba embarazada de él, pero eso no evitó que la familia del conde me acusara de haberlo asesinado. ¡Puras mentiras! Hasta mis padres sospecharon de mí, pero hicieron todo lo posible para no mandarme ala cárcel. Así que construyeron esta casa para mí y para mi hija, que ya había nacido. A pesar de todos los problemas que tuve, yo era feliz con mi hija. Pero solo la crueldad de Dios pudo sacármela de mi lado… contrajo la misma enfermedad que mi marido, por lo tanto no había salvación. Y como si el destino no hubiese sido lo suficientemente cruel conmigo, se corrió el rumor de que fui yo la que mató a mi propia hija. Fue una época muy difícil: Todos los días pintaban las paredes de mi casa, ponían frases como “Asesina” o “Bruja”… cosas así. Mis padres, en aquel entonces, no me apoyaron y me dejaron a mi suerte. Pero nadie pudo demostrar que yo maté a mi hija, por lo que el caso fue cerrado y la gente dejó de ponerme inscripciones en la casa. Eso sí, el rencor siempre queda y, hasta hoy en día, la gente sigue diciéndome “Bruja”. Pero ya me acostumbré. He tenido suficiente dolor como para no importarme lo que digan los demás de mí.

Al terminar su relato, “La Bruja” miró a la niña y, con sorpresa, descubrió que había estado llorando. La mujer se dio cuenta y pidió disculpas por haberle contado una triste historia.

– No me pasa nada- dijo Tania- Ahora ya sé que tu eres buena. Se lo contaré a mis amigos y aprenderán la lección.

Cuando se secó las lagrimas, unos gatitos fueron junto a ella y se flotaron en sus piernas, como dándole mimos. Tania, entonces, le preguntó a “La Bruja” el porqué había tantos gatos en la casa.

– Cuando mi hija cumplió los dos años, dijo que quería tener una familia de gatos. En ese entonces yo los odiaba. Por eso, después de morir, lamenté no haberle cumplido su deseo y, poco a poco, fui recogiendo a todos los gatos que encontraba.

Cuando Tania estuvo a punto de irse, “La Bruja” le dijo que le daría algo. Tania recordó que les prometió a sus amigos que traería algo de “La Bruja”, por lo que esperó. La mujer abrió una caja que tenía encima de un armario, sacó de ahí un collar con un medallón grande y se lo dio a la niña. En el medallón estaba, por un lado, la figura del sol y, por el otro, la figura de la luna.

– Este collar me regaló mi marido en el día del compromiso. Quería regalarle a mi hija cuando cumpliera quince años. Pero eso no será posible. Por eso, quiero dártela a ti, al menos, quiero que alguien la conserve ahora que me falta poco para dejar este mundo.

– No lo entiendo. ¿Qué quiere decir?

– Tal vez no parezca, pero estoy muy enferma y pronto moriré. Así que no me servirá de nada conservar el collar, por lo tanto te lo regalo. Es mi agradecimiento por escucharme y no tenerme miedo… Aunque te ves muy apetitosa para los gatitos.

Tania entendió la indirecta y se rió. Aún así, no evitó sentirse triste por saber que la mujer moriría pronto. Por lo tanto, decidió visitarla otro día.

Pero eso no pasó, ya sea por las actividades escolares o por los castigos que tenía. Pasaron una semana desde que la visitó y, por alguna razón, “La Bruja” ya no salía de la casa. Por ese motivo, todos los vecinos se inquietaron ante su ausencia. Así que, un día, un grupo de vecinos valientes se atrevió a entrar para ver lo le pasó a la pobre mujer.

Al entrar, encontraron a un montón de gatos en el suelo, en los muebles, en las sillas y en las mesas. Sabían que la mujer recogía gatos, pero nunca se imaginaron que tuviese miles. Siguieron avanzando, hasta que por fin encontraron a “La Bruja”. Solo que la encontraron muerta, en el suelo y con los vestiditos listos para los nuevos gatitos de la casa. Había muerto, tal como murieron su esposo y su hija.

El grupo fue a dar el aviso al pueblo. Hubo diferentes reacciones: algunos se alegraron de que muriera la desgraciada para dejarlos en paz, otros lamentaron haberla tratado tan mal y unos pocos reconocieron que, la tal bruja, en realidad era una mujer de buen corazón.

Como nadie tenía conocimiento de que tuviese parientes, todos los vecinos colaboraron para hacerle a “La Bruja” un funeral sencillo y corto. Tania, que participó en el funeral, no dejó de apretar con todas sus fuerzas el medallón que heredó de la bruja, preguntándose una y otra vez cuál era su verdadero nombre y porqué no se lo preguntó cuando tuvo la oportunidad.

Inconscientemente abrió el medallón y cayó de ahí un papelito doblado. Tania lo abrió y encontró una pequeña carta, que decía:

 

 

Nota: cuento escrito entre el 2009 y 2010 e ilustrado en el 2012 ^^

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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