La muerte en el olvido

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El día en que descubrieron ese diario en el sótano de la casa, se dieron cuenta de que un hecho misterioso ocurrió en sus vidas.

En realidad, todo pasó por el día después del entierro. Era una familia muy numerosa (siete hijos y dos hijas). Una de las hijas, la más pequeña, murió al atragantarse con un pedazo de manzana.

Lo cierto es que, cuando pasó el día del entierro, todo lo relacionado con la niña desapareció: sus fotos, sus ropas, sus juguetes… hasta los recuerdos que la familia tenía de ella desaparecieron. Era como si nunca hubiese existido.

Pasaron tres meses, durante los cuales la familia vivía como si nadie hubiese muerto. Pero ese sábado, en que la señora bajó al sótano a guardar algunas cosas, encontró el diario de la niña. Era como un libro de bolsillo, de color marrón. Estaba en un estante, todo cubierto de polvo.

A la señora, por alguna razón, le parecía conocida esa libretita. Así que la sacó del sótano y se la mostró a su marido. Los dos la observaron, como si intentasen recordar dónde la habían visto por primera vez. Pero como es difícil recordar algo que, en teoría, nunca existió, decidieron ver qué tenía escrito.

En la primera página, con una caligrafía infantil decía: “Diario de Soledad”. Ese nombre les sonaba, pero como conocían a tantas mujeres llamadas Soledad, no pudieron identificar de quién era. Lo más extraño era que el registro era del año anterior.

En las primeras páginas sólo decía lo que un diario siempre dice: Querido diario, hoy tuve colegio. Hoy me peleé con mi hermano. Hoy me fui al parque y me divertí. Hoy aprendí que el orden de los factores no altera el producto. Hoy tuvimos vida social. ¡PUAJ! Cosas así.

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Pero lo más resaltante del diario era una página, donde se mencionaba el nombre de los padres de la niña olvidada y sus hijos. Era como un árbol genealógico, que comenzaba desde los abuelos hasta los nietos. La señora se llevó tal sorpresa al ver que estaba ahí su familia, al igual que el señor. Leyeron el nombre de todos los hijos y lo que más les llamó la atención fue que estaba esa tal Soledad como la menor.

–          Debe ser sólo una coincidencia- dijo el señor- nuestra hija menor es Beatriz, no Soledad.

–          Tienes razón- dijo la señora- además, sólo tenemos ocho hijos.

Pero aún así, la mujer no estaba convencida de que fuese una simple coincidencia.

Al día siguiente, a la noche, decidieron continuar con la lectura del diario. En la siguiente página del árbol genealógico, se dieron cuenta de que la vida de esa persona cambió por completo.

Ayer no pude decir lo que pasó, porque estuve haciendo con mis padres el árbol genealógico. Pero hoy pasó algo que no quiero contar a nadie, pero lo escribiré aquí. Después del colegio, dije a mis padres que iría a la casa de una amiga a jugar. Pero en vez de eso, fui a visitar a una gitana para que me leyera el porvenir. La conocí una tarde, en una feria. Desde ese día nos hicimos amigas. Pero como mis padres odian a los gitanos, esa amistad es un secreto. Hoy, al verla, le pregunté cómo iba a morir. Ella vio su bola de cristal y me dijo con voz misteriosa que me atragantaría con la comida. Le pregunté cuándo, pero ella no me lo dijo. Así que la visitaré otro día.

A los padres les pareció conocido ese hecho. Esos padres, de Soledad, eran iguales a ellos: odiaban a los gitanos.

En las otras páginas volvía a contar sus cosas de colegio, sobre alguien que le disgustaba o algo que aprendió. Con todo lo que leyeron, dedujeron que la niña era juguetona, desobediente y terrible.

–    ¿Qué clase de padres serán esos?- se preguntó el señor, dando por terminara la lectura.

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Otra vez, al día siguiente, volvieron a leer el diario. En ese momento, se sorprendieron por las visitas frecuentes de Soledad a la gitana, lo que aprendió de ella con la lectura de las cartas y lo que cambiaba poco a poco con esa amistad que se prolongaba.

En algunas partes, mencionaba algo sobre su familia: que su hermano mayor ingresó a la facultad de medicina, que uno de sus hermanos se rompió la pierna, que su hermana casi se atragantó con un botón y que, en el cumpleaños de su abuela, una primita casi cayó al pozo que tenía en el jardín.

Los señores otra vez se sorprendieron por las casualidades que encontraron entre la familia de Soledad y la suya, tanto que temieron que el diario estuviese embrujado. Por ese motivo, se prometieron no volver a leer nunca más ese diario.

Pero los días pasaron y la curiosidad pudo más que la promesa. Y como si se leyeran el pensamiento, una noche helada, los dos se atrevieron a volver a leer el diario.

Hicieron una lectura rápida y solo se detenían en los hechos más resaltantes. Algunas situaciones les llamaban tanto la atención, que las volvieron a leer. Una de ellas fue algo que le dijo la gitana a la niña.

Hoy volví a visitar a mi amiga la gitana. Ella me habló de mi nombre y su significado. Dijo que la palabra “Soledad” significa estar solo, alejamiento de los demás. Dijo también que mi destino estaba marcado desde el día en que la conocí. Por supuesto, no entendí lo que me dijo, pero me dio miedo.

Desde ese momento, los dos esposos no largaron más el libro. Querían saber cómo terminaba, porque algo les decía que pasaría lo más extraño de sus vidas. Además, por alguna razón, se sentían involucrados en la historia.

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Ya no quiero visitar más a la gitana. Sus palabras me asustan y no me dejan dormir. Pero al mismo tiempo, quiero verla. Hoy me dijo que haríamos un juego: cuando muera, todos los que me conocieron se olvidarían de mí. También desaparecería todo lo que fuese mío, pero habría un objeto que no desaparecería. Me dijo que si mis padres descubrían el objeto y la frase del olvido escrito en ella, mi alma descansaría en paz. Pero si pasaba un año después de mi muerte y no encontraban nada, entonces volvería a comenzar, como si nunca hubiese nacido. Yo estoy asustada y ahora comprendo el porqué mis padres detestan a los gitanos. Pero al mismo tiempo, quiero verla. ¿Qué hago? ¿Qué hago?

En las páginas siguientes, los textos seguían mostrando la inquietud de la niña sobre las palabras de la gitana y sobre qué objeto elegiría para salvar su alma.

Hasta que encontraron en la penúltima página la decisión de la niña, escrita como si fuera que había estado temblando.

Hoy la volví a visitar. Durante el colegio, decidí que el objeto que no desaparecería después de mi muerte fuese el diario, porque así mis padres me volverían a recordar con más facilidad. La gitana me dijo entonces que escribiera la frase del olvido al final de la página y escondiera el diario de manera que no fuese encontrada tan fácilmente, así sería más divertido el juego. No tengo otra opción, porque ya acepté entrar en esto. Solo espero que Dios no permita esta tragedia y que me muera muchos años después.

Con mucho temor dieron vuelta la página. No querían saber lo que pasaría a continuación y, al mismo tiempo, querían saber cuál era la frase del olvido.

Así que, dieron vuelta la página y, al leer la frase del olvido, todos los recuerdos cayeron precipitadamente en sus memorias: “Por más que uno lo olvide, los recuerdos nunca se borran de la mente”.

Soledad era la hija que olvidaron después de su muerte. Empezaron a llorar, lamentando que ella pasara por esos malos momentos de su vida. Pero al mismo tiempo, se sintieron reconfortados porque el alma de Soledad ya descansaría en paz y siempre permanecería en la memoria de toda la familia.

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Nota: El cuento fue escrito en el 2007 y las fotos se tomaron  y se retocaron en el 2012 😉

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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2 respuestas a La muerte en el olvido

  1. César dijo:

    excelente, no sólo atrapante de leer sino que toque el misterio, por cierto¿ las fotos son tuyas?, saludos.

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