El canto de la muerte

Polaroid  A700 picture.

Moriría. Sí. Desde el momento en que se colgó el arma en el hombro lo sabía. Aún era un muchacho y ni siquiera se enamoró. Pero en esos momentos aquello no le importaba. Debía luchar por el bien de su país.

Moribundos. Agonizantes. A cada paso que daba, el joven soldado veía a la muerte al acecho. Las tropas enemigas no solo los superaban en número, sino también en armas y equipamiento. Las tropas nacionales solo contaban con poco armamento y, la mayoría, usaban lanzas o palos para la batalla.

El soldado llevaba un rifle, pero le faltaban municiones. Por lo tanto, no le quedaba otra opción más que ocultarse tras las rocas. Sin embargo, eso no impidió que recibiera un disparo en el hombro izquierdo, que inutilizó su brazo por completo.

Aún no quería morir. Pero no podía evitarlo. Todo por el bien del país.

Poco a poco, el dolor hizo que perdiera la concentración y se sumiera al sueño, con la muerte arrullándolo por lo bajo, suavemente, como invitándolo a su oscura morada a descansar “por toda la eternidad”.

Los disparos cesaron. Solo había oscuridad. El muchacho sintió que alguien lo estaba arrastrando. ¿Sería el enemigo? ¿O algún aliado? Aunque, simplemente, podría ser la misma muerte, quien lo estaría llevando en las profundas tierras del infierno. Simplemente se dejó llevar. Estaba tan adolorido y debilitado como para poder moverse.

Los recuerdos de su reciente infancia aparecieron en su mente, mezclándose con los gritos de los soldados, los disparos, los enfrentamientos y el olor a pólvora. Recordó a su padre, quien también fue a una guerra y murió en el combate; a sus hermanos, todos cruelmente separados al comienzo del conflicto; a su madre, a quien le había prometido que regresaría con honores y gloria. Lástima que ya no podía cumplir esa promesa.

Sus recuerdos del pasado se confundieron con el presente. A veces despertaba y veía árboles y más árboles. Luego veía que alguien le ponía hojas curativas a su brazo herido, pero no podía precisar quien lo estaba sanando. Y, cuando estaba a punto de sucumbir en la oscuridad del sueño, escuchaba el susurro de la muerte cantándole una extraña canción de un idioma extraño, venida de pueblos antiguos que rodaban por esas tierras en siglos de paz y abundancia.

No sabía por cuánto tiempo se debatió entre la vida y la muerte, cuánto tiempo estuvo soñando, confundiendo la realidad con la fantasía. Solo sabía que, cuando despertó, ya no se encontraba tendido en el campo de batalla. Lo primero que vislumbró fueron los rayos del sol asomarse entre las hojas de los árboles. Estaba amaneciendo. Lentamente, se levantó y comprobó que le habían vendado el hombro, aunque todavía le dolía. A su alrededor habían árboles y más árboles y, junto a él, había una pequeña fogata consumida. Lo arroparon con mantas viejas y el chaleco de su uniforme y, a su costado, encontró unos trozos de ramas y platitos donde aún quedaban hojitas chamuscadas.

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Alguien lo salvó, lo llevó a ese bosque y estuvo cuidándolo todo ese tiempo. Entonces recordó la canción de la muerte y supuso que, en realidad, fue esa persona quien le había estado cantando. ¿Por qué lo había salvado? ¿Fue porque le horrorizó ver a un muchacho herido? ¿O fue por otra razón? Olvidó la guerra y solo tuvo curiosidad por conocer a esa persona.

Y la vio. Era una joven vestida de soldado. El muchacho calculó que tendría su misma edad y empezó a preguntarse qué hacía ella ahí, en un lugar tan inhóspito.

La chica se acercó a él, mostrándole una sonrisa de alivio. El muchacho intentó moverse, pero sintió el dolor de su brazo y se quedó quieto.

–       No te muevas- le dijo la muchacha- aún no estás curado.

–       ¿Quién eres?- le preguntó el soldado- ¿Tú me salvaste?

La muchacha le cambio los vendajes del brazo. En realidad, usó trozos de ropa vieja que había encontrado por ahí. Había traído más hojas y un poco de agua, empezó a mezclarlos y aplicó la mezcla en su herida.

–       Mi hermano murió en la batalla- comentó la muchacha, mientras le volvía a cubrir con los vendajes- tuve que usar sus ropas y seguir su lucha. Entonces te vi cómo te hirieron y decidí socorrerte. La verdad, no soy buena para peleas.

–       ¿Qué hacías con tu hermano en esta guerra cruel?

–       Soy del grupo de mujeres que acompañaron a los soldados, en caso de heridos y alimentos. Aunque, al final, a falta de soldados, muchas también fueron a batallar. Ahora debes descansar un poco más. Hice lo que pude. Solo espero que tu brazo funcione de nuevo.

–       No quiero morir- murmuró el muchacho, tocándose inconscientemente el hombro- siempre creí que mi destino era morir en batalla, defender a mi país. Pero, en el fondo, siempre deseé tener una larga vida.

–       Yo tampoco quiero morir, aunque siento que he muerto hace tiempo. Aún sigo respirando, pero mi alma fue consumida por la crueldad de la guerra. Al menos, me alegro de que tengas bien en claro el porqué estás luchando.

Los dos guardaron silencio. Las horas pasaban lentamente y el bosque estaba calmo, sin presencia de animales salvajes o de soldados enemigos. Solo estaban ellos dos, ante un mundo que se volvió inmenso y abismal.

–       ¿Crees que ya estaremos muertos?- le preguntó el joven, cuando ya estaba oscureciendo.

–       Yo sí lo estoy, aunque sigo respirando- repitió la muchacha- creí que dijiste que no deseabas morir.

–       Y es cierto. No quiero morir. Pero he escuchado a la muerte estos días, cantándome, mientras me curabas.

–       Yo también la escuché, cuando me separé de mis padres y seguí a mi hermano. Al principio sentí mucha angustia, pero luego lo asimilé y lo tomé con naturalidad. Y ahora solo espero que mi cuerpo muera para recibir a la muerte como a una vieja amiga.

El joven soldado, entonces, sintió una fuerte angustia. Todo ese tiempo, en que estaba batallando, la muerte lo acechaba y, de pronto, lo atrapó de improviso y lo arrulló con su canto. Había muerto y no se había dado cuenta. Sintió frío y, junto a la angustia, empezó a sufrir un fuerte escalofrío que lo dejó acurrucado en el suelo. La joven, entonces, se acostó junto a él, lo abrazó y, antes de que él perdiera el conocimiento, le dijo:

–       Sí, así mismo me sentí. Pronto se te pasará y te sentirás mejor.

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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