Talla de madera

Pedrito, todos los días, espiaba desde la ventana del taller. A todos los artesanos les mandaban elaborar imágenes de aquellos extraños individuos, de ropajes que le cubrían el cuerpo y de tez blanca como el de un fantasma. Los sacerdotes habían dicho que esos individuos se llamaban “santos” y que la imagen de la mujer con un manto cubriéndole los cabellos se llamaba “Virgen María” o “Madre de Dios”. Eso era todo lo que sabía Pedrito, que nació y creció en una reducción jesuítica y fue criado para ser un cristiano devoto.

Sus padres, sin embargo, vivieron otra realidad. Durante la infancia, ellos vivían en lo más profundo del bosque como cazadores y recolectores. Creían en espíritus y en Tupa, el Dios padre que originó todo aquello que existía en el mundo. Pero por necesidad y por la invasión de aquellos seres provenientes del otro lado del mundo, tuvieron que abandonar el bosque y buscar refugio de los jesuitas. Ellos le brindaron el refugio, a cambio de que se convirtieran al cristianismo, olvidaran a sus antiguos dioses paganos y criaran a sus hijos bajo el manto protector y benévolo de Jesús, el hijo único de Dios que ofreció su vida para la salvación de la humanidad.

Sin embargo, ellos no olvidaron ni a los espíritus ni a Tupa. Es más, lo amoldaron con las enseñanzas de los jesuitas y transmitieron todo ese conocimiento a Pedrito que, por más que lo bautizaron con nombre de cristiano, ellos lo nombraron con un nombre guaraní: “Arandu”. Pero como los demás integrantes de la reducción y los jesuitas le decían “Pedro”, entonces se acostumbró a ese nombre.

Pedrito soñaba con trabajar en el taller. Los artesanos trabajan la madera sin dejar de lado ninguna facción de los rostros de los “santos”, así como también trabajaban cada pliegue de sus vestimentas y otros detalles de las manos, la única parte del cuerpo, aparte de la cabeza, que mostraban. Pedrito también veía las estampas de aquellos santos, hechos por los artesanos provenientes del país donde los Jesuitas provenían, y se espantaba por lo retorcidos que se veían. Sus ropajes eran más elaborados, se suspendían en el aire y, algunos, estaban completamente agachados o arrodillados por el suelo y el cielo. Los artesanos indígenas despreciaban esa demostración de las personas, por lo que preferían representar a los santos en una posición estática y de expresión serena.

El maestro del taller encontró a Pedrito mirando por la ventana. Se acercó al niño y le entregó un pedazo de madera que le había sobrado de su trabajo, diciéndole:

–      Practica con esto. Después me lo muestras.

Pedrito fue corriendo hasta su casa, mostrándoles a sus padres lo que le habían dado. Ellos, entonces, le animaron a que intentara moldear una figura y que se lo mostrara después al artesano, creyendo que así tendría un maestro que le enseñaría aquel extraño arte proveniente de un mundo distante y diferente al que conocían.

El niño, entonces, tomó un cuchillo y empezó a tallar. Le costó un montón y terminó cortándose la mano. Luego de cubrirse la herida con un trozo de tela, tomó un descanso para proseguir con su trabajo. Quería lograr algo con ese trozo de madera, crear una imagen que representara a alguien. Aún no sabía a quién, pero quería demostrar que también podía tener esa habilidad de transformar un objeto simple en algo maravilloso.

Se pasó toda la noche moldeando aquel pedazo de madera. Y amaneció con la madera transformada en un intento de figura humana. Al final no logró tallar su rostro ni otros rasgos del cuerpo, por lo que decidió pedirle ayuda al maestro artesano para poder terminar su talla.

talla de madera 4

Una vez que el sol salió por completo, Pedrito fue derecho al taller. Todos estaban en la misa, menos el artesano, lo cual le extrañó.

Se acercó a él y le mostró lo que había logrado. El maestro observó la figura, la palpó en todos los extremos, la volteó y, al final, se lo devolvió.

–      Manos firmes, buena precisión… pero si no estás seguro de lo que vas a hacer, entonces ni lo intentes.

–      ¿Y qué debería hacer entonces?

–      Busca, investiga, aprende. No creas que el arte de transformar estos trozos de madera solo se limita a copiar las imágenes que los sacerdotes nos envían. Muchos se limitan solo a eso. Yo voy más allá, por más que nunca seré reconocido por mi talento.

Pedro observó las estatuas que realizó el maestro artesano. A diferencia de las que comúnmente solía realizar, éstas sí tenían mucho movimiento y soltura. Los pliegues de sus ropajes parecían moverse con el viento e, incluso, las expresiones de su rostro eran más desgarradoras, sufrientes, mostrando así todo lo que perecieron en vida por sus creencias y por iluminar de luz los corazones corrompidos por las tinieblas del mal.

–      ¿Ya lo vieron los sacerdotes?- le preguntó Pedrito, luego de estar unos minutos contemplando aquellas fantásticas obras.

–      Aún no- dijo el maestro, palpando una de esas estatuas- las realicé hace unos días y aún no las terminé. Solo vi las estampillas una vez y las memoricé. El resto fue puro instinto.

–      Señor, si dice que para realizar tallas hay que aprender… ¿Por qué no asistió a misa?

–      Eso mismo debería preguntártelo. ¿Por qué no estás en misa?

–      Porque… quería admirar las esculturas a solas.

–      Yo también.

Un sacerdote entró al taller, sorprendiéndolos in fraganti que no asistieron a misa. Estuvo a punto de reprenderlos, cuando vio la mano herida de Pedrito y se quedó dubitativo. El artesano se percató de eso, por lo que le dijo:

–      Esta mañana me lo encontré en el patio. Se cortó con una piedra y lo estaba curando. Por favor, no lo reprenda. Castíguenme a mí, quien fue el que lo detuvo por largo rato.

–      Descuida. Lo comprendo- le dijo el jesuita, con una sonrisa amistosa- a la tarde podrán confesar sus pecados. Dios fue testigo de lo que hiciste con el niño y lo comprenderá. Que se haga su voluntad.

–      Amen- dijeron el artesano y Pedrito al unísono.

talla de madera 2

Cuando el Jesuita se fue, los dos respiraron aliviados y se sentaron en el suelo, rodeados de estatuas y trozos de madera y piedra sin trabajar.

–      Gracias por todo- le dijo Pedrito.

–      No lo agradezcas. Por cierto, mi nombre es Kuarahy. ¿Y el tuyo?

–      Pedro.

–      Dime tu nombre original, no el de cristiano.

–      Mis padres me dicen Arandu. Pero los sacerdotes…

–      Yo no soy “los sacerdotes”. Solo soy un artesano. Me siento más a gusto mencionando a nuestra gente con sus nombres originales.

–      ¿Y qué tiene de malo los nombres cristianos?

–      Ellos no tienen la culpa. Pero no nos representan, no son de nuestra naturaleza. Al igual que las esculturas que nos mandan hacer. Por eso estoy trabajando duro para realizar tallas que nos representen, que la gente los mire y digan “Aquí están, las esculturas hechas por guaraníes”. Tal vez no nos valoricen y nos sigan tratando de inferiores. Pero, al menos, podremos tomar parte del arte de los europeos y esculpirlos de acuerdo a nuestras creencias, nuestra forma de ser.

Kuarahy se levantó y se acercó a un trozo de madera de un metro de alto. Lo palpó y pronunció unas oraciones en guaraní. Pero no era el guaraní que Pedrito conocía, sino era un guaraní diferente, lleno de musicalidad y nostalgia, como si viniera de lo más profundo del bosque donde, antes, residían sus antepasados libres de los españoles, verdugos, jesuitas y otros individuos provenientes del otro mundo.

Pedrito se acercó a Kuarahy y también tocó la madera. Intentó pronunciar aquel guaraní desconocido, pero con dificultad. Kuarahy, al ver lo que Pedrito intentaba hacer, se rió. El niño guardó silencio y se sonrojó.

–      Mis padres me cantaban esa canción- le explicó Kuarahy– habla sobre el bosque, donde Tupa nos puso con riquezas para nuestra felicidad. Y sin embargo, siempre hemos deseado más, por lo que migramos de zona en zona en la búsqueda de “La tierra sin mal”.

–      ¿La tierra sin mal?

–      Así mismo. La tierra donde hay comida y agua en abundancia, mucho amor y vida eterna. Cuando nos encontramos con los jesuitas, creímos haber encontrado la tierra sin mal. Hasta ahora, algunos ingenuos todavía creen que nos hallamos en esas inexistentes tierras.

–      Bueno, pero los sacerdotes siempre dicen que, si no nos encontraban ellos, nos encontrarían los verdugos a vendernos como esclavos o matarnos como animales.

–      Puede ser. Pero recuerda que la tierra sin mal está conformada por seres divinos. Y los sacerdotes son simples humanos. No importa lo blanca que puedan tener la piel, o de lo mucho que se jactan de poseer “La verdad”. Son solo unos mortales, cuya sangre es igual de roja que la nuestra y que son capaces de sufrir, perecer y amar. Solo que ellos no se dan cuenta de esos detalles.

Kuarahy le dio a Pedrito otro trozo de madera, esta vez más grande que la anterior y le dijo:

–      Intenta tallar algo cuando te cures de esa herida. Cuando termines, muéstrame tus resultados y así serás mi aprendiz. Reflexiona sobre lo que conversamos y no se lo reveles a nadie. Muchos aún no quieren admitir que este falso paraíso, pronto, se hará cenizas y pereceremos en el olvido y el desprecio. Lo presiento. Solo espero que seas lo suficientemente valiente para afrontar lo que se viene.

talla de madera 3

Pedrito salió del taller, con otro trozo de madera. Se lo mostró a sus padres y ellos se pusieron felices de que Kuarahy haya accedido a ser su maestro.

–      Papá, mamá, ¿Ustedes creen que estamos en la tierra sin mal?

–      ¿Por qué lo preguntas, Arandu?- le dijo su mamá.

–      Solo por curiosidad.

Sus padres se miraron, sin saber cómo responder. Luego, el papá miró fijamente a Pedrito y le dijo:

–      Nunca existió la tierra sin mal. Lo supimos desde que los jesuitas nos convirtieron al cristianismo.

–      Entonces Kuarahy tenía razón. ¿Qué será de nosotros ahora?

–      Mientras estemos juntos, todo saldrá bien- le dijo su mamá- somos una raza fuerte. Sobreviviremos a toda catástrofe y seguiremos existiendo, aunque eso signifique caer en la ignorancia y en el olvido.

Pedrito observó el pedazo de madera y empezó a cantar aquella canción que Kuarahy cantó en el taller. Poco a poco, pudo vislumbrar que la madera estaba llamándolo, indicándole cómo proceder para crear una figura humana. Poco a poco, empezó a vislumbrar en su mente la forma que adoptaría ese objeto. Por lo que tomó el punzón y el martillo y empezó a tallar.

talla de madera 1

Obs: las fotos fueron sacadas de distintos templos franciscanos y jesuitas 🙂

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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