Los fugitivos

desert 1

Ya la habían lastimado demasiado. Solo deseaba huir. Por lo que fue corriendo, con todas sus fuerzas, a un rumbo desconocido.

Se sentía sola, caminando por el desierto. Sus únicas compañías eran los insectos. No se quejaba. Eran buenas compañías. Al menos eran sinceros. No le hablaban, no les hablaba. Vivían en un consenso de silencio e indiferencia.

Y aunque no quería admitirlo, se sentía sola.

Dejó todo por un capricho inexistente. No soportaba que la lastimaran, que hirieran su orgullo. Por lo que aceptó gustosa el precio de la soledad.

Dia. Noche. Noche. Dia. Dia. Dia. Noche. Noche. Todo lo mismo.

Y llegó um momento em que colapso. Se rindió. No podia más.

Creyó que le había llegado el final. Eso no le preocupó. Es más, deseaba que todo terminara. Cerró los ojos y se dejó llevar. Era lo único que podía hacer en esos momentos.

En aquel mismo desierto, un fugitivo la encontró.

Al principio no sabía qué hacer con ella. No sabía si sentir lástima o indiferencia. Hasta que, al final, la cargó y la llevó a un oasis que acababa de pasar.

desert 2

Cuando ella despertó, se encontró sobre unas hojas de palmera, junto a una pequeña fuente de agua potable. Y a unos metros dormía el fugitivo.

Ella se acercó lentamente a él. Nunca se le ocurrió que alguien la salvaría de aquel desierto. En el fondo sentía miedo. No sabía si era buena persona.

El fugitivo abrió los ojos. Ambos se miraron por unos segundos, para luego desviar la mirada.

–          ¿Quién eres?-le preguntó, sin mirarlo.

–          Soy un fugitivo.

–          ¿Y de qué huyes?

–          De la sociedad que me condenó injustamente por un crimen que no cometí. ¿Y tú? ¿Eres fugitiva?

Ella se dio la vuelta, lo miró fijamente y le dijo:

–          Digamos que sí.

–          ¿Qué hiciste?

–          No hice nada. Solo hui de los que me deseaban el mal.

Ambos se quedaron en silencio. Luego, se acercaron al agua y empezaron a beber.

El oasis presentaba todo aquello que necesitaban: un refugio cálido y confortable. Ambos desearon permanecer ahí para siempre, sin tener que soportar todo aquello por lo que sufrieron y sin ser condenados injustamente por sus respectivos pueblos.

Aun así, en el fondo, sabían que debían salir de ahí.

–          Debo limpiar mi honor- dijo el fugitivo.

–          Yo también- dijo la fugitiva.

Se volvieron a mirar. Eran el uno para el otro. Pero debían separarse, volver a sus respectivas ciudades y solucionar sus respectivos problemas.

–          ¿Será que nos volveremos a ver?

–          Eso solo depende de nosotros. De nadie más.

–          Sí. Lo sé.

Se abastecieron de comida y agua, se dieron un abrazo y se dieron un beso largo e intenso. Al finalizar el beso, se dieron la espalda y regresaron a sus orígenes, con la esperanza de reencontrarse otra vez.

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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