Ellos las prefieren “rubias”

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Me llamo Sabrina. No soy la “bruja adolescente”. Aunque me gustaría. La vida sería tan fácil si supiésemos magia. No conozco a mi padre biológico. Solo en fotos. Cuando era niña, le pregunté a mamá el porqué papá nos abandonó. Ella solo me dijo: “Querida, ellos las prefieren rubias”

Esa frase marcó la mitad de mi vida. De hecho, la bruja Sabrina es rubia. Mi muñeca Barbie también es rubia. Y Cenicienta, La bella durmiente, Rapunzel… todas ellas son rubias. ¿Y saben quién es el ícono de la belleza y el glamour? Nada más ni nada menos que Marilyn Monroe. ¡Una rubia! Hasta los ángeles son representados como rubios de ojos azules. No hay duda. Papá conoció a una rubia alocada, más joven y sexy que mamá, y se fue con ella. Mamá era linda, pero tenía los cabellos castaños. Y yo heredé su color de pelo.

Durante la adolescencia, conocí a quien sería mi pareja. Se llamaba Fernando. Éramos el uno para el otro. Pero todavía me rondaba en la cabeza la frase “ellos las prefieren rubias”. Debía hacer todo lo posible para eliminar a mis posibles rivales.

Olvidé mencionarlo. Después de que papá nos abandonara, mamá conoció a otro hombre. Con él, nació mi hermanita. Se llama Andrea. Y es muy rara. Ella sí tuvo la suerte de nacer rubia porque su papá es rubio. Pero claro, la muy tarada se le ocurrió teñirse el cabello de negro antes de comenzar la secundaria. Hasta cambió su cédula para aparecer con pelo negro. Después, empezó a usar piercings, vestidos largos y negros y extrañas hebillas con calaveritas. ¿Y por qué estoy hablando de mi hermana? Porque ella también formó parte de mi historia.

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Luego de terminar el colegio, decidí salir de mi casa para vivir con Fernando. Cuando lo anuncié a mi mamá, ella creyó que estaba embarazada. Pero luego la convencí de que ya iba siendo hora de realizar mi propia vida. Andrea disfrutó ese momento. Al fin tendría la habitación para ella sola.

Como terminé la secundaria, ya no había tanto drama para teñirme el cabello. Me compré un tinte de rubio claro, tal como la llevaba Marilyn Monroe. Me veía como otra. A Fernando le encantó. Él decía que lucía muy bien con mi cabello ondulado. Si a él le gusta a mí también, pensé.

Cuando me mudé al departamento de Fernando, teníamos dieciocho años. Él empezó a trabajar en una discoteca, como DJ. Una vez le dije que también trabajaría para ayudarlo económicamente. Él se negó. Decía que alguien tenía que encargarse de los quehaceres domésticos. Le di la razón. No teníamos dinero suficiente para contratar a una empleada.

Ahora que pasaron los años, me doy cuenta de lo estúpida que he sido. A estas alturas ya habría terminado mi carrera, o estaría trabajando, realizándome profesionalmente. Si pudiese viajar en el tiempo, me trasladaría en el día que decidí vivir con Fernando, le daría una paliza a mi “yo” del pasado y le haría entrar en razón. Es que estaba tan enamorada, que no veía la realidad de las cosas.

Fernando resultó ser celoso y posesivo. Un día, mientras caminábamos por la calle, un albañil me miró. Fernando le hizo “mala cara”. Después me dijo que no debería usar “ropa provocativa”. Creo que tenía puesta una remera escotada. Después de ese incidente, Fernando revisó todas mis ropas y me indicó cuáles podía ponerme y cuáles no.

“¡No seas exagerado!” le dije

“¡No quiero que otros te miren!”

“¡A mí no me molesta!”

“¡Claro! ¡Seguro deseas salir con otros! ¡Cómo no!”

“¡Yo no dije eso! ¡Por algo estoy contigo!”

“Discúlpame, amor. Es que estoy muy nervioso. Sos tan linda y temo perderte. Y si siento celos es porque te amo y quiero protegerte”

Al final me compadecí de él y le di la razón. Dejé de usar “ropa provocativa”.

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Al otro día, se enojó porque no le preparé la cena. Es que el dinero no me alcanzó para ir a comprar comida en el súper. Le serví atún enlatado y huevo duro.

“¿Y para eso trabajo toda la noche?”

“¡Es que no me alcanzó el dinero!”

“¡Inútil! ¡Encima que no hacés nada! ¡Te quedás todo el día en casa mientras yo trabajo!”

“¡Pero si me dijiste que no querías que trabajara!”

“¿Acaso me estás tomando por idiota? Mirá, si vas a ser así, mejor me voy a beber con los socios del club. ¡Comete vos tu atún y tu huevo de porquería!”

Al final yo siempre era la culpable. Todos los días era la misma historia. Incluso, no quería que llamara a mis amigas. Decía que, de seguro, ellas me presentarían a sus amigos y ellos se fijarían en mí. Pero me ahorraba todas mis angustias.

Un día me visitó Andrea. Eso me extrañó. Se puso un piercing en la ceja y se rapó la cabeza.

“Vendí mis cabellos” me explicó.

“¡Ay, niña!” le dije. “¿Es por eso que no vas a casa?”

Fernando ingresó a la casa. Miró con malos ojos a Andrea. Me di cuenta de que no le agradaba.

“Andrea, será mejor que te vayas”

“¡Pero si todavía no me quiero ir!”

“¡Vete! ¡Muéstrale a mamá lo que te hiciste! Las llamo luego”

Andrea se fue. Fernando trancó la puerta. Aún tenía aquella expresión de desagrado en la cara.

“No quiero ver a esa mocosa nunca más por aquí”

“¡Es mi hermana! ¡Y tiene todo el derecho de visitarme!”

“¡No! ¡Te prohíbo que tengas visitas! ¡Que ni tu madre venga!”

“¿Qué tienes en contra de mi familia?”

“¿Es que no te das cuenta? ¡Ellos quieren separarnos! ¡Tu mamá nunca aprobó nuestro noviazgo! ¡Y estoy seguro de que envió a tu hermana para que nos espíe!”

“¡No seas paranoico! ¡Ella solo quiso hablar conmigo!”

“¡Tonta!” ¡No hay peor ciego que el que no quiere ver!”

“¡Ya soporté que me alejaras de mis amigas, que no me permitieras trabajar y que ni siquiera estudiara algún maldito curso de cualquier cosa! ¿Qué más querés? ¿Qué puedo hacer para que, aunque sea solo una vez, me des las gracias por todos los sacrificios que hago por ti?”

“¿Qué? ¿Acaso estar conmigo es un sacrificio? ¿Tan monstruoso soy que sientes que es un castigo? ¡Bien! ¡Ya no te daré más dinero para tu tratamiento de belleza! ¡Y solo podrás salir una vez y para ir al supermercado! ¡Estás castigada!”

“¡No puedes castigarme! ¡No sos mi papá! ¡Sos un monstruo!”

Me dio una bofetada. Caí al suelo. Fernando enseguida se asustó por lo que me hizo y me ayudó a levantarme. Besó la zona donde recibí el golpe y me dijo: “Perdóname, mamita. ¿Sí? Yo no quise lastimarte. Por favor, no te enojes. Te prometo que nunca más perderé el control”

Le perdoné. Él lloraba de verdad. Al final, me dejó salir cuando quisiera, mientras no sea para buscar trabajo o estudiar.

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No fue la única vez que me pegó. Al principio fue una vez por semana. Después todos los días. Yo siempre lo perdonaba. Una vez me pegó bien fuerte porque llamó mamá y él le dijo que salí con unas amigas y que no sabía cuándo regresaría. Seguro mamá se percató de mi situación. Ya no la llamaba con tanta frecuencia. Después de golpearme, me confiscó mi celular y salió, dejándome encerrada en el departamento.

No regresó por tres días. Durante esos tres días me pasaba mirándome al espejo. Mis cabellos ya estaban perdiendo su tinte. Tenía muchos moretones y un ojo hinchado. Estaba horrible. Seguro él fue con otra más linda. Quizás sea una colegiala rubia natural. Por lo menos, tenía comida suficiente para aguantar hasta por una semana.

Como dije, regresó tres días después. No me pidió disculpas. Pero me regaló un bonito celular. Me di cuenta de que cambió mi número, así mi familia no nos “molestaría”.

Semanas después, volvió a visitarme Andrea. Fernando me dijo que recién regresaría a la medianoche. Ella notó mi cara demacrada. Le dije que me tropecé y que no pude dormir. Ella no me creyó. Es más lista de lo que creía.

“¿Cómo está mamá?”

“Ella está bien. Sabrina, no mientas. Algo está pasando. Cambiaste tu número, no nos visitas… ¡Hasta tus amigas preguntan por ti! Y no creo que te caíste. ¿Qué demonios está pasando?”

“Sos muy joven para entenderlo”

“¡No me vengas con esa excusa barata! ¡Yo sé lo que está pasando! Sabrina, Fernando te está arruinando la vida. ¿Acaso no escuchas las noticias? ¿Qué no ves la tele, donde salen casos similares al tuyo?”

“¡Claro que la veo! ¡Y solo peleamos, como pelean las parejas!”

“Papá nunca pegó a mamá. Olvidé decirlo: él también está preocupado por ti”

“Okey, quiero que aclaremos algo: es MI vida y no deseo que se interpongan en mis decisiones. ¿Está claro?”

Mi hermana me miró fijamente. No respondió. No estaba de acuerdo.

“Me voy. Mañana rindo Historia. Pero igual te visitaré”

“No vengas. Dedícate a tus estudios”

“Como sea. Ahora no estás en condiciones para sermonearme como una hermana mayor. Ten en cuenta lo que te digo. Huye mientras puedas. Quien sabe cómo terminará esta historia”

Se fue. Le dejé la cena a Fernando y me acosté a dormir. Estaba muy cansada.

Fernando regresó a las cinco de la madrugada. Le saqué su camisa. Enseguida detecté un olor extraño. Olía a perfume de rosas. Lo sabía. Me estaba engañando con otra. Fui a la cocina a llorar. Hacia un año y medio que vivía con Fernando y lo dejé todo por él. Andrea tenía razón. Me arruinó mi vida.

A las doce volvió a visitarme Andrea. Le expliqué mi situación. Aunque aún era joven, era más lista que yo. No preparé el almuerzo. Que se las viera él. Lo amaba, pero también debía impedir que me aplastara con sus celos injustificados y sus reacciones violentas.

Fernando despertó y, al ver a Andrea, encolerizó.

“¡Te dije que no quería que te visitara tu patética hermana!”

“¡No vine de visita, animal!” le respondió Andrea, rudamente. “¡Vine a rescatar a Sabrina! ¡Desde hoy regresará con nosotros!”

“¡No te metas, mocosa! ¿Quién te crees para sacarme a MI Sabrina? Veo que tus padres nunca te corrigieron como se debe. ¡Así que yo te daré una lección!”

Me interpuse. Intenté detener a Fernando, pero él me empujó como si fuese una pluma. Andrea recibiría sus golpes, sería mi culpa. No debía involucrarla. Definitivamente, fallé como hermana mayor.

O eso era lo que creí cuando Fernando levantó su puño en dirección a Andrea.

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Ella no se inmutó. Lo que hizo fue esquivar el golpe y darle una patada en el estómago. “¿De dónde aprendió a hacer eso?” me pregunté para mis adentros.

Pero no se contentó con eso. Cuando Fernando se incorporó, Andrea le dio otra fuerte patada en los testículos. Después tomó un palo de amasar y lo noqueó.

Salimos juntas de la casa. Solo llevaba un bolsón con dos o tres prendas, algunos maquillajes y mis documentos. No dejaba de admirar a mi hermanita. Se volvió más alta que yo. A su lado, yo parecía ser su hermanita menor. Seguro aprendió karate durante mi ausencia. ¿De qué más me perdí durante mi cautiverio?

Fernando no nos siguió. Seguro aún estaba muy adolorido. Y como dejé mi celular, no podría llamarme para amenazarme o para fingir que se arrepentía de lo que pasó. Andrea ni se preocupó por él. Total, lo volvería a patear si intentaba algo.

Llegamos hasta la casa donde nací y crecí. Mamá y su esposo nos esperaban. Sus reacciones fueron de espanto. Es que estaba muy demacrada. Llena de moretones, cara hinchada, pelo desaliñado… mamá y yo nos miramos fijamente. Al final, nos dimos un abrazo y estallamos de llanto. No recuerdo quién lloró más aquel día. Estoy segura de que mamá fue quien más sufrió de esta situación. Salí de casa como una señorita alta, fuerte, saludable y hermosa. Y regresé como un muerto viviente. Cuando nos calmamos, mi padrastro me dijo que ya denunció a Fernando. Se lo agradecí. Aunque no es mi padre, igual trabajó duro para hacerme feliz. Y fui una ingrata con él. Fue ahí cuando, realmente, lo acepté como un padre y nuestra relación mejoró.

Pero quien se llevó la medalla de honor fue Andrea. Días después, me enteré de que Andrea se coló en un curso de karate. “Una mujer debe aprender a defenderse” le dijo a mamá. “Siempre son víctimas de asaltos o violaciones”. Mamá no estaba de acuerdo, pero le dejó estudiar karate. Y dio sus frutos: le dio su merecido a Fernando.

No supe de Fernando nunca más. Aunque hacia siglos que había terminado el colegio, todavía estaba a tiempo para estudiar. A veces tenía pesadillas: soñaba que volvía con Fernando y me seguía maltratando. Por suerte, mi familia me ayudó a pasar el mal momento que viví con Fernando por un año y medio. Poco a poco, volví a ser la chica linda, fuerte y saludable de antes. Incluso volví a teñirme el pelo de rubio. Mamá me dijo que me quedaba bien. Papá le dio la razón. Solo Andrea opinaba que las “rubias son tontas”. ¡Caradura! Ella es rubia, pero no quiere admitirlo. Y encima es rubia natural. Aún no entiendo el porqué cometió el sacrilegio de teñirse el cabello de negro. Después de rapárselo, lo dejó crecer y no se tiñó por un buen tiempo. Desearía que mantuviese su color natural. Se ve tan linda así.

Ahora tengo veintitrés años. Y hace un año que salgo con William, un informático. Y pensar que mi “yo” de dieciocho años jamás se le ocurriría salir con alguien como él. Es bueno tener un novio informático: no tengo que gastar en computadoras y hasta me da consejos sobre sitios web donde pueda ver mis telenovelas preferidas. Aún no vivimos juntos. Prefiero que no nos apresuremos. Él me compara con una elfa del “Señor de los anillos”. No me acuerdo cómo se llamaba. ¿Golobriel? Como sea. Me halaga su elogio. Espero que tengamos un buen futuro y formemos una familia feliz.

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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