Ángel carnal

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La amabas. ¿Verdad? Dijiste que harías cualquier cosa por ella, que lucharías por su amor y que nada, ni nadie, te harían cambiar de parecer.

¿Recuerdas las noches de pasión, en que besabas su cuello y acariciabas cada centímetro de su piel? Ella lo disfrutaba. No sabes cuán feliz se sentía en esos momentos.

Podías moldearla a tu imagen y semejanza, como si fuese una de tus costillas.

La luna reflejaba su tez blanca y suave como la seda, mientras veías cómo sus alas se extendían hacia ti y te cubrían por completo. O eso era lo que imaginabas. Temías que, tarde o temprano, tomara vuelo para desaparecer de tu vida. Aun así, se veía muy hermosa con ellas. ¡Tenías un ángel en tus manos!

Ella gozaba del sexo, adoraba sentir tus brazos fuertes y tu piel firme como una roca. Le impresionaba que un caballero fuerte y fornido se derritiera con el solo roce de sus dedos. Ella deseaba fusionarse a ti, y lo sentía con cada penetración, con cada caricia, con cada beso.

¿Y por qué la abandonaste? ¿Por qué te alejaste de ella? ¿No podías soportar sus tontos caprichos? ¿Acaso estabas harto de que ella llorara por tu ausencia? ¡Te extrañaba! ¡Y estaba dispuesta a arrancarse sus propias alas para estar a tu lado! Pero la despechaste, la arrojaste al abismo.

Ni aún esas noches ardientes de pasión fueron suficientes para que sintieras que ella valía más que la vida eterna.

No. De ningún modo.

Dijiste que disfrutaste de besar sus labios, acariciar sus senos y sentir aquel clítoris pequeño y blando que te llenaba de placer.

Sí, sentías su clítoris. Y no dejabas de presionarlo para escucharla gemir.

Ella era toda tuya. A pesar de que fueras un cobarde, un idealista, un ingenuo y un idiota ella te deseó y te amó. Incluso quiso resguardarte de todo peligro e impedir que escaparas.

Pobre iluso. Creíste que ella seguiría arrastrada a ti aún después de que la abandonaras al agujero de la desesperanza. Creíste que eras su única opción, que ella suplicaría por ti y se humillaría para recuperarte.

Tonto. Infeliz. Te olvidaste que ella aún tenía sus alas. Te olvidaste de cortarlas.

¿Y sabes qué? ¡Aprendió a usarlas! ¡Salió de ese agujero!

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Aún no me explico cómo dejaste escapar a un ser grandioso como ella. En el fondo, deseabas poder rozar su piel, detenerla en tus brazos, palpar su clítoris y escucharla gemir de placer. También deseabas poseerla, deshacerte de su libertad y convertirla en una de tus muchas costillas que aún siguen en ti. Deseabas comerla, que cada átomo de su cuerpo se adhiriera a ti para no perderla nunca. Ella accedería a eso y mucho más.

¿Crees que, en el futuro, ella entendería tus extrañas intensiones y te perdonaría? ¿Que volverías a acostarte con ella, admirarla bajo la luz de la luna y sentirte el hombre más completo del mundo?

Lo siento, querido. Ya la perdiste. Existen otros que la desean tanto o más que tú y ella lo sabe muy bien. Hay muchos que desean complacerla, llevarla más allá del orgasmo y adueñarse de su mente. Estúpidamente te ahogaste en tu codicia, en tu propio orgullo. No aceptaste que ella te recriminara, que te señalara tus defectos. ¡Sí! ¡Tienes muchos defectos! ¡Eres un humano! ¿Lo olvidas? Un simple y estúpido humano. Hombre al fin. No comprendiste por qué ella se comportaba de manera extraña cada vez que palpabas su clítoris, cada vez que la penetrabas e intentabas alcanzar su mente. Tampoco te importó que ella arriesgara todo para complacerte. En lugar de eso, preferiste a otra de tu especie, a quien conocías y a quien sabrías controlar.  No sabes cuántos se decepcionaron de tu cobarde decisión. No te alarmes. También están los que se alegraron de que la abandonaras, porque tenían la ilusión de que el ángel carnal se consolaría con ellos.

Pero ella ya se consoló. Disfrutó del sexo, pero no lo suficiente para permanecer a tu lado y seguirte hasta más allá del fin del mundo. Sabe que, tarde o temprano, otra persona la llenará de placer y le permitirá volar, sola o acompañada. Pobre de ti, que solo quedarás en el recuerdo. Serás uno más de su larga lista de admiradores y detractores porque, para su orgullo, el mundo gira a su alrededor. Y tú solo eres un asteroide que penetró en su frágil atmósfera y le dejó una insignificante marca en su interior.

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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