Barbi de pelo negro

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Me llamo Valeria, tengo dieciséis años y curso el primer año del bachiller. Mi papá trabaja en una imprenta y mi mamá es profesora. Mi papá no se siente muy orgulloso de mí. Él esperaba que yo fuese una chica dulce, que sonriera a menudo y saliese con amigas. No es que no tenga amigas, solo que no son las “amigas” que mi papá deseaba. Ellas son más raras que yo. Mi mamá no aprueba que maltrate mi pelo con tantos tintes ni que use ropa negra y desgastada. Incluso, tiene la maldita costumbre de presentarme a algún chico de mi edad, con la esperanza de llevarnos bien y ser novios.

  • No, mamá. No me interesa conocer a tu alumno. No insistas, mamá.

Y ella sigue insistiendo.

Desde el séptimo grado, me decían “Barbi de pelo negro”. No sé por qué todos decían que era idéntica a aquella blonda muñeca de plástico, con miles de profesiones y un apuesto novio de plástico con quien se casó y se separó varias veces. A lo mejor tendré sus facciones. Tengo la piel muy blanca y los ojos grandes y celestes. Según mi mamá, mi bisabuela era rubia de ojos azules. Parte de sus genes se transfirió hasta mí y es por eso que heredé el color de sus ojos. Mis cabellos, naturalmente, son negros azabache. Contrastaban demasiado con mi piel antes los tenía bien largos, hasta la cintura, con raya al medio para despejar la visual. Tampoco me vestía de negro. Eso sí, sentía una extraña aberración por la ropa con tonos pasteles y rosa chillones.

A finales de séptimo, frecuentaba a las clases con una remera negra. Casi todas tenían símbolos o leyendas de grupos de rock pesado. Y es que, con mis hormonas alteradas, sentí una gran atracción por ese género musical. En octavo grado, dejé los jeans rotos por pantalones negros o caquis, con cinturones con tachuelas. Eso no causó tanta impresión, hasta que me teñí un mechón de color violeta. Tengo fotos de ese día. Creo que me quedaba bien. Un fragmento de mi mechón violeta, resaltando ante mi larga y negra cabellera. En noveno grado, el primer día de clases, aparecí con el pelo corto y con tres mechones teñidos de diferentes colores: uno verde, otro celeste y otro naranja. Aún recuerdo la reacción de mis compañeros:

  • ¡Barbi! ¿Qué te hiciste?
  • ¡Era tan lindo tu cabello!
  • ¡Me encanta tu look!
  • ¡Pareces un payaso!”

Ahora que me acuerdo, fue en noveno que cumplí quince años. Todas mis compañeras festejaban con vestidos blancos o rosados, transmitiendo fotos de su infancia, bailando el vals con sus papis y brindando con sidra. En mis quince, en cambio, no hubo vals, pero sí comimos pizza y brindamos. Y tampoco usé vestido largo y blanco. ¡Ni menos rosado! Mi vestido era corto y negro. Y fue ahí donde me puse el piercing en la nariz. Era mi regalo de quince años, aunque a mis padres no les agradó la idea. Tuvieron que soportar que me tiñera el cabello cada tanto. Creo que, también, desde que me coloqué el piercing, se abrió una brecha entre mis padres y yo. Sé que ellos se preocupan por mí, pero ya exageran. Al menos no consumo drogas, ni tengo relaciones sexuales con extraños ni me meto en otros problemas.

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Luego de cumplir los dieciséis, vi una película cuya protagonista tenía un tatuaje de dragón en la espalda. Deseé ser como ella, pero sabía que mis padres se opondrían. Por lo tanto, una noche, durante la cena, les pregunté a mis padres si podía tatuarme. Mamá casi se atragantó y papá echó su vaso de vidrio al suelo, rompiéndolo completamente.

  • ¿Estás loca? ¡No queremos una delincuente!
  • ¡Pero papá! ¡En varias tribus usan el tatuaje por motivos religiosos!
  • ¡Pero no somos esas tribus! ¡Vivimos en la ciudad! ¡En una sociedad equilibrada!
  • ¿Sociedad equilibrada? ¡No nací ayer!
  • ¡Te prohíbo que te tatúes! ¡Podés ponerte un nuevo piercing, vestirte como muerto o teñirte otro mechón! ¡Pero el tatuaje está fuera de discusión!

Al día siguiente, después del colegio, avise a mis padres que iría a la casa de una compañera a estudiar. Les mentí. En realidad iría a tatuarme. Tenía la foto de aquella actriz, con el dragón en la espalda. Se veía genial. Después dejaría un mes bajo mis remeras cerradas y negras y se lo mostraría a mis padres, cuando los vea calmados o desprevenidos.

A mitad de camino, choqué con una chica que iba a una cita. O eso creía. Tendría cinco o seis años más que yo, era alta, de cabellos ondulados y rubios y llevaba un vestido rosado. Esa sí es una Barbi, solo que tiene los ojos marrones.

Choqué con ella, cayó al suelo y se le rompió el tacón de su zapato taco alto. Miró el calzado y lloró desconsoladamente. Seguro le habrá costado caro. La ayudé a levantarse y fuimos hasta una plaza, donde nos sentamos en un banco. El vestido de Barbi se manchó y se lastimó la rodilla.

  • Lo siento tanto – le dije. La verdad sentía el lastimarla.
  • Fue mi culpa – dijo Barbi – No prestaba atención al camino

Yo solo tenía una cinta scocht para arreglarle su taco. Lo probé, pero no resultó.

  • No te preocupes. Traje unas chatitas. – Me dijo
  • ¿Llevas dos calzados? – le pregunté, sorprendida.
  • Sí. Las chatitas las uso para manejar.

Me la imaginé dentro de un auto rosado, modelo porsche o Ford. De hecho, un tiempo se vendía el “auto de Barbi” y era rosado.

Mientras se sacaba los tacos, me fijé en ella. Era muy linda. Hasta me dí cuenta de que no usaba maquillaje. No lo necesitaba. Incluso su piel era suave y perfecta. O eso es lo que percibí a la vista. Las únicas perforaciones que se hizo en su vida estaban en las orejas. Seguro le pusieron aritos cuando era bebé. Yo usé esos que se aprietan en las orejas a los doce años. No me gustaron para nada.

  • En serio lamento tanto lo que pasó – repetí – y ni siquiera tengo una curita.
  • Tengo mi curita.

En su diminuta cartera sacó la curita. De ahí también sacó las chatitas. ¿Cómo hacía para que tantas cosas entraran en algo tan pequeño? Creo que recién lo descubriré cuando alcance su edad.

  • ¿Sabes? Te veía muy apurada – me dijo Sé que no debo entrometerme, pero ¿Vas a una cita?
  • Sí – le dije – Pero no es una cita amorosa – y no sé por qué le confesé lo que iría a hacer – Voy a tatuarme.
  • Yo me tatué hace mucho – me dijo Barbi, levantando su cabello y mostrándome su hombro.

Tenía una mariposa como tatuaje. Eso me sorprendió creí que ella no sería de tatuarse.

  • ¿Duele? – le pregunté.
  • Sí. Mucho – me respondió, volviendo a ocultar su mariposa – Me tatué en el viaje de fin de curso, en Camboriu. Yo misma elegí el modelo. Quería recordar aquel viaje y se me ocurrió que un buen tatuaje sería ideal para no olvidarlo
  • ¿Y tus padres no se opusieron?
  • Ellos me dijeron que podía hacer lo que quisiera una vez terminara el colegio. ¿Y qué hay de ti? ¿Vas a recordar algo memorable?
  • Solo lo haré porque la protagonista de mi película favorita tenía uno en la espalda. Y también porque quiero contrariar a mis padres.
  • Por favor, no tomes a mal lo que te voy a decir, pero es un consejo que te doy y que seguro lo entenderás cuando termines el colegio. Es mejor que no hagas nada de lo que puedas arrepentirte toda la vida. Si realmente deseas hacerlo, ten cuidado con lo que pase después. Tal vez no salga el resultado esperado.

Sacó de su cartera su celular. También era rosado. Definitivamente ella es la clase de chica que mis padres desearían tener como hija. Miró la hora. Estaba segura de que iba a una cita y yo la detenía.

  • Gracias por todo. Ahora me siento mejor. Adiós. Y espero que tu tatuaje sea genial.

Seguí mi camino. Pero ya no estaba entusiasmada. ¿Qué quiso decirme con que podía arrepentirme toda la vida? No lo entendía. Incluso me inquietó su consejo.

Pensé en mis padres. Ellos no querían que me tatuara. Alguna razón tendrán. Escuché por ahí que a algunos les causan reacciones alérgicas. Me pasó lo mismo con el piercing.

Pasé frente a una casa de espejos y me miré en uno. Las zonas donde tenía los piercings se veían rojas, se me estaban infectando. Incluso mis cabellos no eran tan llamativos como antes. Los tenía hasta los hombros. Los diversos tintes que me puse en los mechones estropearon mi pelo. Los adolescentes hacemos cada locura en nombre de la rebeldía, porque ya detectamos los errores de nuestros padres, nos dimos cuenta de que la policía no es tan genial como en las películas, los presidentes no piensan en sus pueblos, los reyes magos no existen… todas esas desilusiones son los que nos llevan a rebelarnos contra toda clase de autoridad y cometer ciertas locuras para ser diferentes al resto. Sin embargo, todo tiene un límite. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar para desobedecer a mis padres? ¿Ellos realmente se merecían esto? Seguro serían más felices de que fuese como la Barbi del tatuaje de mariposa. Y sin embargo, les tocó tolerar a una Barbi de cabellos negros, que fue transformándose hasta ser una mezcla de metalera con punker y gótica. Y creo que lo único que me gusta del gótico son las gárgolas. Si estuviesen vivas, tendría una como mascota.

Dejé de mirarme al espejo. No quería seguir viendo a aquella estúpida del reflejo. Al final, decidí no tatuarme. Lo que hice fue ir a la peluquería y cortarme el pelo tan corto que todos mis mechones multicolores pararon en un tacho de basura. Al menos la basura se veía más feliz gracias a mi desgastado pelo.

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Cuando llegué a casa, le dije a mamá que mi compañera de estudio me aconsejó que me cortara cortito, porque solo así recuperaría su anterior naturaleza.

  • Si te lo decía yo, no me harías caso – me dijo mamá
  • ¿Me ibas a decir que me cortara como un chico?
  • No usaría esas palabras, pero sí. Tu cabello estaba estropeado.
  • Descuida, mamá. No me teñiré por un buen tiempo. Solo me quedaré con los piercings.

Para mi mamá, fue un gran avance mi decisión. Incluso me preparó una taza de chocolate con galletitas hechas con sus propias manos. Estaba extrañamente amable. No le pregunté nada. Solo disfruté de mi peculiar merienda.

Poco a poco me pareció extraño que ella estuviese en la cocina. A la tarde solía encerrarse en su cuarto, revisando las tareas de sus alumnos. Seguí sin preguntar nada.

A la noche, llegó papá. Ambos se encerraron en su pieza. Por un momento, temí lo peor. Sé que ellos dos solían discutir mucho, pero nunca creí que se irían a divorciar. No sabía cuáles eran los motivos. Fingí que escuchaba música con mis auriculares, pero los apagué y escuché la conversación de mis padres.

  • Debemos decírselo – escuché que le decía mi papá a mamá
  • Lo tomará a mal – le respondió mamá. Su voz sonaba como si estuviese a punto de llorar en cualquier momento.
  • Pero no podemos ocultarlo para siempre.
  • Esto es tu culpa. Nada de esto habría pasado.

Se me encogió el corazón. Definitivamente se iban a separar. Pero debía ser fuerte. Siempre lo he sido. Por lo tanto, cuando ellos salieron de su cuarto, fingí que seguía en mi mundo, sin enterarme de lo que pasaba.

  • Hay algo que mamá y yo debemos decirte – me dijo mi papá, tocándome el hombro para que les prestara atención.

Me saqué los auriculares. Estaba lista para cualquier cosa.

  • Acabo de recibir una foto de tu papá con otra mujer – me dijo mamá, con una voz que aparentaba tranquilidad pero, en el fondo, reflejaba mucha angustia.

Yo no dije nada. Ni siquiera miré a papá. Solo seguí escuchando.

  • Lo malo es que esa mujer es la directora del colegio en donde trabajo – continuó mamá – Hoy le dije que soy su esposa y entregué mi carta de renuncia. No soporté trabajar para la amante de mi marido.
  • Lo iba a confesar – se excusó papá – Es que no pude evitarlo. Tenía miedo de perderte, Valeria.
  • Ya me perdiste – le dije, levantándome bruscamente y encerrándome en mi dormitorio.

Otra vez los escuché discutir. No quería oírlos, por lo que volví a colocarme mis auriculares y subí el volumen al máximo.

En el fondo, me alegré de no tatuarme. Seguro solo empeorarían las cosas. Hacía tiempo sospechaba que mis padres no se llevaban tan bien como antes. Pero estaba tan metida en mi mundo, que no les presté atención. Acababa de herirle los sentimientos a papá. Él tiene la culpa. Debió pensarlo dos veces antes de engañar a mamá. Si yo fuera mi mamá, le molería a palos a la directora y luego expulsaría a papá de la casa. Pero mamá es muy noble. Jamás haría eso. Prefirió retirarse ella misma a que la despidieran. Siempre dicen que las hijas se parecen mucho a  sus mamás. En mi caso no es así. Yo soy muy rencorosa, no ando con rodeos y soy muy temperamental. Al menos, aquella noche, mis padres se sacaron sus máscaras de santos y mostraron su verdadera personalidad. Siempre lo había deseado. Al fin se cumplió mi deseo.

No se divorciaron. Todavía siguen juntos. Preferiría que se separasen, para así tener libertad de conseguir sus propias parejas. Mamá ya no desea enseñar en colegios. Ahora está todo el día en casa. Gracias a eso, puedo disfrutar de exquisitas meriendas. Y hasta tiene tiempo para ayudarme con los deberes. Nuestra relación, dura y distante, se ablandó. Un día le sugerí que trabajase de particular. Le encantó la idea. Se lo comenté a mis amigas, por si necesitaban una profesora particular. A ellas también les gustó la idea. Y ahora son sus alumnas. Es una suerte, porque pronto comenzarán los exámenes finales y nuestras notas son muy bajas. Mientras estudiamos, comemos las exquisitas galletitas de mamá con chocolatada. Algún día le propondré que estudie gastronomía. Sería una gran chef.

Con papá no pasó la misma situación. Él no pensaba divorciarse y tampoco quería separarse de su amante. Dejé de dirigirle la palabra. Ni siquiera le doy un beso cuando se va a su trabajo o regresa a casa. En mi último cumpleaños me regaló la pulsera con tachuelas que tanto quería. Solo le di un agradecimiento frío y la dejé olvidada en su escritorio.

Ayer le confesé a mamá sobre el tatuaje. Papá no estaba. Seguro estaba con aquella bandida. Aunque ya no me importaba dónde se encuentre. Pero ya no quería ocultarlo. Por lo que le conté que, el día en que ella renunció, yo casi estuve a punto de tatuarme, pero que una desconocida me detuvo. Le hablé de Barbi, sí. Hasta le dije que ella se tatuó, pero esperó a ser lo suficientemente madura para llevar una marca que la acompañaría de por vida.

  • ¿Y por qué decidiste cambiar de opinión? – me preguntó mamá
  • Y papá no quería que me tatuara – le respondí
  • Valeria, yo sé que existe otra razón – me dijo mamá, mirándome fijamente. Me conoce tan bien que sabe que a mí nunca me importó la opinión de papá.
  • Es verdad. Yo, en realidad, sentí miedo.

Miré al suelo. No quería que viera que me había sonrojado. Mamá no me reprendió. Solo me dio un abrazo y me dijo:

  • Ya pasó. No es malo sentir miedo.
  • ¿Y por qué renunciaste a tu trabajo, mamá? ¿Por qué no luchaste?
  • Hija, a veces los adultos debemos tomar decisiones difíciles por el bien de nuestra familia. Sé que no somos los padres perfectos, pero estamos luchando para solucionar nuestros problemas. Tu papá es el que más lamenta esta situación.
  • No lo creo. Aún no dejó a su amante.
  • Son cosas que pasan. Pronto la dejará.
  • Deberías divorciarte.

Mamá se sorprendió por mis palabras. Los hijos, normalmente, quieren que sus padres estén juntos para siempre. Pero yo no soy esos hijos. No creo en cuentos de hadas. No nací ayer. Si el tipo te engañó, debes dejarlo. Puedes perdonar una vez, pero si te vuelve a engañar, ahí sí debes darlo por muerto.

  • Valeria, sé que estás molesta con papá. Pero un divorcio no solucionaría el problema. Ahora intentamos luchar para volver a la normalidad.
  • Al contrario. La situación empeora. Solo con el divorcio se solucionará. ¿Cuál es tu problema, mamá? ¿Por qué no luchas? ¿Por qué no lo dejas?

Mamá también bajó la cabeza. Es penoso ver cómo un adulto siente vergüenza ante un joven. Al final, con lágrimas en los ojos, me dijo:

  • Yo también tengo miedo. No sé vivir sola.

“No estás sola. Estás conmigo” le quise decir. Pero las palabras no me salían de la boca.

Mamá es débil y sensible. No se puede hacer nada. No debo reprocharla. Yo también soy débil. Quise aparentar fortaleza con mis mechones coloridos y mis piercings, pero hasta ahora, mis compañeros aún me siguen llamando “Barbi de pelo negro”. Espero encontrarme con la Barbi que cambió mi punto de vista con respecto a la vida, agradecerle por su consejo y, quizás, tomar chocolatada en casa. No sé si la volveré a ver. Esta ciudad es grande. A lo mejor fue solo mi conciencia, que quiso señalarme el buen camino.

Espero que les haya gustado mi historia. Aunque lo dudo. No es tan emocionante y me voy demasiado por las ramas. Debo irme. Mis amigas me invitaron al cine. Lo bueno de todo esto es que, cuando regresemos, mamá nos esperará con sus exquisitas galletitas y sus libros académicos para estudiar todas juntas aquellas materias en la que estamos flojos. Hoy es el último día en que puedo ir al cine. La semana que viene serán los exámenes finales. Espero pasar todas las materias y tener unas merecidas vacaciones de verano.

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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