Bajo la sotana

 

PRIEST3

Erik Ravelo – Los intocables

Bajo la sotana

Agustín se quedó en la iglesia después del catecismo. El sacerdote le dijo que necesitaba ayuda y, como él era un niño bueno y aplicado, le pidió que se quedara unas horas más tarde.
El niño se sentía feliz. Su mamá le dijo que era una bendición el servir a un sacerdote. Seguro le pediría que limpiara los cálices, sacudiera el mantel o le leyera fragmentos de la Biblia. El Párroco ya no veía bien. Cuando daba misa, se acercaba demasiado al pesado libro de letras diminutas para leer.
– Agustín, ven aquí- le pidió el sacerdote.
Detrás del templo se situaba una pieza, donde el sacerdote guardaba sus sotanas. Agustín, ansioso por ayudar, obedeció y, juntos, ingresaron en el cuarto.
– Buen chico. Te daré la bendición.
– Alabado sea el Señor- le respondió Agustín, agachando la cabeza y juntando las manos para recibir la bendición.
El sacerdote sonrió. Luego, se sentó en una silla y, palpando su rodilla derecha, le invitó a sentarse encima de él.
– Nunca antes me senté en el regazo de alguien que fuese mi madre- le dijo Agustín, un poco extrañado por el pedido del sacerdote.
– No hay sillas- le dijo el sacerdote, sin perder la sonrisa- estaremos mucho tiempo aquí. Te cansarás si permaneces parado todo el tiempo.
Agustín accedió. Cuando se sentó en el regazo del párroco, éste le dio la Biblia. El niño se sintió dichoso de ayudar a una persona mayor que, por las limitaciones de su edad, le pedía a alguien joven para que leyera la palabra de Dios.
– ¿Qué pasaje leo, Padre?- le preguntó Agustín.
El sacerdote abrió la Biblia en cualquier parte, se lo pasó y le señaló qué leer.

Llevaron unos niños a Jesús, para que los tocara; pero los discípulos comenzaron a reprender a quienes los llevaban.

Agustín sintió que el sacerdote le acariciaba un hombro, suavemente. Le animaba a que continuara. Siguió con la lectura.

Jesús, viendo esto, se enojó y les dijo: Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de Dios es de quienes son como ellos.

La mano del sacerdote bajó hasta su cintura. Sintió que lo metía por debajo de su camisa. Aún así, continuó.

Les aseguro que el que no acepta el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

Sintió la respiración del párroco en la nuca. Su mano bajó hasta la cadera. Aquel afecto le pareció extraño. Recordó que su padre siempre le tocaba la cadera a su madre antes de ingresar al dormitorio matrimonial.

Y tomó en sus brazos a los niños, y los bendijo poniendo las manos sobre ellos.

La mano del párroco se metió en sus pantalones y sintió cómo se aferraba con fuerza a sus genitales. Agustín soltó el libro y estuvo a punto de gritar, cuando la otra mano del sacerdote le tapó la boca y cuando su áspero aliento lo rozó al oído con estas palabras:
– Por amor de Dios Padre, Reina Madre, perdonarás este pecado.
Por varios minutos estuvieron así. Las manos del sacerdote eran garras, que se aferraban al cuerpo de una frágil criatura. Agustín no entendía lo que pasaba. Creía que le haría feliz el ayudar al Padre, pero pasaba lo contrario. Sentía que lo arrastraba por las puertas del infierno. ¿Qué pecado había cometido para que lo tratase de esa manera? Se preguntó el pobre niño, sin soportar la terrible presión que sentía en sus genitales.
Finalmente, el sacerdote le soltó y se levantó bruscamente, echando al niño al suelo. Agustín se levantó y miró al párroco de igual forma que miraría al mismísimo demonio.
– Gracias por la ayuda. Eres un buen chico. Puedes ir en paz.
Agustín salió corriendo. Ni siquiera podía llorar. Solo deseaba regresar a casa y sentir los brazos fuertes y protectores de su madre. Aunque no estaba seguro de decírselo. La vio tan feliz cuando el sacerdote le pidió, personalmente, de ser el tutor espiritual de su adorado catequista.
Llegó a casa, abrazó a su madre y ella, sin sospechar nada, le preguntó:
– ¿Qué tal tu primer día? ¡No sabes lo feliz que me pone saber que hayas aceptado ser guiado por el Padre! Como recompensa, te preparé tu comida favorito.
Agustín la miró. Definitivamente no podía sacarle esa sonrisa de la cara. Al final le sonrió y, como si nunca hubiese pasado nada, le dijo:
– Me fue bien. No veo la hora de regresar a la iglesia y cumplir con mi labor. Te quiero, mami.

Nota: Hace tiempo vi una serie de fotos de un artista llamado Erik Ravelo, titulada “Los intocables”. En las mismas se ven a varios niños crucificados y, a sus espaldas, se ven a los adultos culpables de sus desdichas. Están los niños víctimas de guerras, de asaltos en las escuelas, de las comidas rápidas, de la religión y mucho más. Aquí escogí el niño víctima del cura pederasta para ilustrar este cuento que escribí, más que nada, para revelar esta realidad que muchos se niegan a ver. Si desean saber más del artista o ver el resto de las fotografías, visiten este sitio web: https://elguineo.lamula.pe/2013/08/12/los-intocables-de-ravelo/cabreralegal/

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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