Nada de frutos verdes

Frutos verdes 1

Los rayos del sol apenas se asomaban por las rendijas de las ventanas del viejo edificio. Sus moradores gruñían: odiaban la luz.
Todos presentaban desnutrición, con dientes podridos y miradas perdidas. Se encerraron ahí mismo y, antes que ellos, habitaron sus padres. Vivieron por varias generaciones dentro de ese gran edificio, el cual era uno de los pocos registros arquitectónicos que revelaban la época del esplendor de una ciudad de siglos atrás. O eso era lo que creían. Aún así, no importaba el pasado si no existía el futuro. Estaban condenados de por vida, por un crimen que sus antepasados cometieron contra el Medio Ambiente al contaminar las aguas y lanzar por el aire sustancias tóxicas “por el progreso de la sociedad”. Condenados a estar encerrados dentro de ese gran edificio, resguardados de los rayos ultravioletas del sol y del extenso desierto que los separaba del bosque que, por descuido, floreció y reemplazó a los pocos edificios que aún se mantuvieron en pie luego del gran debacle apocalíptico.
Dos niños se juntaron en un rincón. Un niño y una niña. Ambos nacieron y crecieron ahí, sin siquiera permitirles soñar con el futuro. Su madre los acompañaba, protegiéndolos con sus brazos, sin saber el porqué se apegaba demasiado a esos pequeños que salieron de su vientre sin su consentimiento.
– Mamá. ¿Cuándo vendrán?- le preguntó el niño.
– Mamá. Tengo hambre- reclamó la niña.
– Tengan. Les doy la rata que cacé- les susurró la madre.
Ambos niños partieron al roedor en dos y lo tragaron rápidamente.
– Los rastreadores volverán. Téngalo por seguro- dijo la mamá a los niños- Traerán frutas y carne fresca. Se los aseguro.
Le decían “rastreadores” a un grupo de jóvenes valientes que se atrevían a salir del edificio para conseguir alimentos y agua. Eran los únicos que no temían a las fieras salvajes ni a las inclemencias del clima que, para esas épocas, eran muy inestables. Para los moradores del edificio eran unos héroes, pero solo eran simples sirvientes del líder supremo del edificio, el que establecía las leyes y las normas de convivencia el cual, como era de suponer, beneficiaba al más fuerte.
La mujer tosió. Unas gotas de sangre mancharon su andrajoso vestido. Sus hijos le dieron golpecitos en la espalda.
– No me queda mucho tiempo- les susurró, tocándose el pecho con fuerza- Pronto moriré y se quedarán solos. Deben aprender a buscar su propio alimento, a sobrevivir, a no dejarse intimidar por personas más grandes y fuertes que ustedes. Solo prométanme que siempre estarán juntos. Arsenio, cuida de María. María, cuida de Arsenio. Es importante que estén juntos porque, si se separan, los matarán más rápido.
Pocos minutos después, falleció. Ninguno lloró por ella. Las lágrimas eran para los débiles. Y ellos no eran débiles. Sin embargo, se les quedó grabada en la memoria cómo ella, a pesar de su precaria salud, siguió protegiéndolos con sus brazos. Y cómo, aún después de muerta, sus brazos seguían rodeándolos, como para asegurarse de que nadie los tocara.
Los dos niños se tomaron de las manos y se miraron. Solo se tenían a ellos. Y como nacieron juntos, morirían juntos. Eso se prometieron en silencio, mirándose a los ojos.
Pasaron los años. Los niños crecieron, aunque no fueron conscientes de eso porque no tenían calendario ni nada para contar los años. Arsenio llegó a ser un muchacho alto y ágil, algo poco usual en ese sitio inestable. María era pequeña, pero tenía un lindo rostro y unas piernas fuertes, también poco usual para ese ambiente de personas raquíticas por el hambre. Ambos aprendieron a vivir sin el cuidado de la madre, se defendieron la espalda, aprendieron a usar cualquier objeto contundente como arma y, una vez que tuvieron la altura respetable para ser considerados adultos, se convirtieron en rastreadores.
La primera vez que salieron del edificio, creyeron que se trasladaron a otro planeta. Al principio les molestó los rayos del sol. Por suerte, tenían puestos unos trajes especiales que los protegían de la radiación solar. Los trajes estaban hechos con pedazos de androides viejos y aislantes del calor, los cuales fueron conseguidos de a poco gracias a las chatarras que abundaban en el lugar.
En total eran ocho rastreadores. Se dividieron en cuatro grupos de a dos para dirigirse a diferentes puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Arsenio y María se dirigieron al este, sitio donde abundaban unos árboles de frondosas copas que los protegerían del sol.
Luego de atravesar el extenso desierto de seis kilómetros aproximadamente, llegaron al bosque. Los dos hermanos nunca antes habían visto un árbol. Apenas recordaban que vieron ilustraciones de viejos libros de cuentos que no le dieron importancia, dado que los usaban como combustible para el fuego.
María palpó uno de los gruesos troncos y miró hacia arriba. El árbol era tan alto que creía que tocaba el cielo. Por entre las ramas, vislumbró el azul del cielo. Le pareció muy hermosa y, por un instante, deseó tener en sus manos esos aparatos de vuelo para alcanzar la infinitud de las alturas.
– ¡María! ¡Debemos avanzar!- le dijo Arsenio, despertándola de su ensimismamiento.
– ¡Cierto! ¡Sigamos!- dijo María, volviendo a la realidad.
Para atravesar el desierto, se valieron de una patineta voladora. La misma tenía pequeños paneles solares, de manera a que funcionara con los rayos del sol. Y era lo suficientemente amplia para que ambos viajaran en ella. Apuntaron los paneles hacia los rayos solares y, una vez que la misma se iluminara de energía, subieron encima de la patineta y continuaron el trayecto.
Llegaron hasta las ruinas de unas casas. En ellas habitaban unas cuantas personas, en su mayoría mujeres y niños. Arsenio y María ya escucharon sobre los individuos que habitaban en las afueras del edificio, totalmente expuestos a las inclemencias del tiempo y a las bestias salvajes que abundaban en el lugar. A diferencia de los rastreadores, ellos no usaban los trajes especiales. Parecía que no los necesitaban, porque nacieron y crecieron al aire libre, como cualquier animal salvaje. A pesar de todo, no había demasiada diferencia entre los moradores del edificio y los “externos”, como gustaban llamar a los que vivían en la interperie.
Los externos observaron a los rastreadores con recelo. Arsenio se percató de que protegían una caja. Seguro era comida.
– No podemos sacarles la comida. ¡Si apenas pueden defenderse!- le susurró María a Arsenio.
– Somos nosotros o son ellos- sentenció Arsenio- Además están cerca del bosque. Tienen comida de sobra.
Bajaron de la patineta y se acercaron. Los externos siguieron protegiendo la caja. Arsenio les apuntó con un rifle que le dieron antes de salir del edificio para disparar en caso de peligro. Ellos, ante el temor del arma, se apartaron y le entregaron la caja. El muchacho lo abrió y encontró un montón de frutas verdes.
– El hambre nos apura- le dijo una anciana, quien parecía liderar aquel grupo- No podemos esperar a que los frutos maduren. ¿Vienen de un edificio? Si es así, pueden llevárselo. Hay muchos niños huérfanos por este lugar y padres sin hijos.
Arsenio tembló. Todas esas mujeres, esos niños, los pocos hombres que estaban con ellas, los miraban como si fueran monstruos. Sabían quienes eran los que habitaban en los edificios. Recordó las veces que él y su hermana conseguían alimento y los más rudos se los arrebataban fácilmente. Y también las veces que fueron violados solo para conseguir un pedazo de fruta verde o podrida. Al final, se estaban convirtiendo en esos monstruos con quienes convivieron y sufrieron a lo largo de sus vidas. Arrojó la caja al suelo y les dio la espalda. María lo acompañó, sorprendida por su reacción. Subieron a la patineta y, antes de partir, Arsenio les dijo:
– Los frutos verdes enferman. Prefiero esperar a que maduren.

Frutos verdes 2

Anduvieron por los alrededores, sin rumbo fijo, a buscar comida. Los rastreadores solían tardar como máximo una semana en regresar. Y si pasaba esa semana, significaba que fallecieron o decidieron abandonar el edificio. A esos segundos los cazaban y los mataban cruelmente, dado que los consideraban traidores. Los dos jóvenes siempre se preguntaron quíen desearía dejar la protección del edificio. Aunque en el fondo sabían el porqué.
– Arsenio, gracias- le dijo María, durante el trayecto.
– ¿Por qué me agradeces?
– Por no robarles la comida. Aunque todos te ven como un hombre rudo y fuerte, en el fondo siempre fuiste generoso. Me acuerdo las veces que me dabas la mitad de la porción de comida cuando no conseguía nada de los moradores.
– Lo hacía porque eres mi hermana.
– Otros dejan morir a sus hermanos, padres o hijos.
– Será porque no quiero estar solo.
Encontraron otras ruinas. Ahí no había ningún externo, por lo que la usaron para descansar. Ya anochecía, por lo que decidieron sacarse el traje y sentir, por primera vez, la brisa en la piel.
Sin embargo, no pudieron relajarse. Escucharon ruído entre los matorrales. Tanto Arsenio como María apuntaron sus rifles, temiendo que sea una bestia. Pero no lo era. De ahí salió un hombre maduro, con un parche en el ojo izquierdo, un brazo robótico en el lado derecho y una antigua escopeta colgada en la espalda.
– ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?- le preguntó Arsenio, sin dejar de apuntarlo.
– Vuelvo a mi hogar- dijo el extraño, señalando las ruinas.
– Ahora vivimos aquí- sentenció María.
– Está bien. Pueden quedarse. No hace falta que me apunten con el arma- y, al decir eso, sacó su escopeta y la arrojó al suelo- Ahora estoy desarmado. Solo salí de caza- y les mostró una bolsa cubierta de sangre, donde supusieron yacía un pequeño animal.
Al principio desconfiaron. Pero al final, bajaron el arma. Ese hombre era muy extraño. Sus ojos eran diferentes a los que vieron con anterioridad. Poseía cierto brillo, como si estuviese acostumbrado a negociar con toda clase de personas y a lidiar con situaciones extremas y peores que esa.
El hombre abrió la bolsa y les mostró un conejo. Lamentó no haber cazado más, pero les prometió que lo repartiría para que comieran los tres. Incluso trajo algunas plantas que él llamaba “aperitivos”, los cuales los cocía junto al animalito cazado y lo comía.
Tanto Arsenio como María tenían hambre. No comieron en todo el día. Se sentaron junto al hombre y vieron cómo éste prendió el fuego, colocó dos ramas y atravezó el conejo con un palo puntiagudo, en el que colocó entre las ramas y empezó a girarlo.
– Le he sacado la piel para que pueda dorarse mejor la carne- dijo el hombre- las plantas y raíces las coloco dentro de esta olla- continuó, mostrando una pequeña olla que tenía un poco de agua- Por suerte, a diez metros de aquí hay un arroyo. Por eso no deben de extrañarse de que haya personas aquí. La presencia de agua significa vida.
– ¿Por qué eres amable con nosotros?- le preguntó Arsenio, con mucho recelo. Nunca antes conoció a un hombre así. Por un momento, temió que luego le pidiera algo a cambio, como las armas o incluso a María. Si eso pasaba, lo mataba. Su hermana era solo de él y no se lo daría a nadie, por más que muriese de hambre.
– Las personas debemos ayudarnos, ser unidos- respondió el hombre- No importa de dónde provengan, lo importante es estar juntos. Antes existía una hermosa ciudad, pero por falta de unidad decayó y estamos como estamos. Y no solo pasó aquí, sino en todo el mundo. Nos aislamos, estamos incomunicados. Sin embargo, todavía quedan recursos para seguir adelante – extendió su brazo robótico, el cual ambos hermanos miraron con asombro – Cuando era joven, un felino me arrancó el brazo. Por suerte mis padres llegaron a tiempo, lo mataron y me llevaron junto a un viejo médico. Cuando eso vivíamos en una región, donde se formó un grupo y, gracias a acumular información de nuestros antepasados, logramos crear máquinas y medicamentos que nos solucionaron la vida. Luego de un largo tratamiento, el médico me insertó el brazo robótico y me brindó la oportunidad de seguir levantando objetos pesados y de cazar.
– ¿Y qué pasó con ese grupo?- preguntó María.
– Como todo grupo, siempre hay unos cuantos que se rebelan contra el sistema. Es que empezaron a sacrificar a los ancianos, dado que los consideraban “inútiles”. El médico fue sacrificado meses después de que me colocara el brazo. Era viejo y apenas veía, o eso fue lo que me dijeron. Nunca lo acepté y me uní a ese grupo rebelde. Logramos matar al líder, pero vino otro aún más feroz, el cual quería quedarse con todas las mujeres de la comunidad. Algunas se suicidaron y otras huyeron. Mi papá fue asesinado por defender a mi mamá y ella se suicidó. Así que huí y aprendí a sobrevivir solo.
– ¡Qué terrible!- exclamó María- ¿Y cómo pudiste sobrevivir solo?
– Con mucha voluntad. Aún así, es difícil. Por eso les pido que siempre permanezcan juntos. Cuando los vi me admiré de cómo sincronizaban sus movimientos. Era como si fuesen hechos el uno para otro.
– Somos hermanos y nuestra madre, antes de morir, nos hizo jurar que estemos juntos- dijo Arsenio- Por cierto, será la primera vez que comamos un pedazo de carne cocida con fuego.
– Me lo imagino. Por cierto, me pueden llamar Luis. ¿Cuáles son sus nombres?
– Arsenio.
– María.
– Un gusto conocerlos. Bien. ¡Ya está! ¡Hora de comer!
Luis partió el conejo en tres y se los dio a los hermanos. Ellos lo comieron, junto con las plantas cocidas. Nunca antes habían probado algo tan delicioso. Se habían acostumbrado a la carne y a las frutas crudas. Pero era la primera vez que los comían cocidos. La carne poseía otra textura y era más blanda que siendo cruda. Terminaron la cena y lamentaron que se acabara tan pronto.
Una vez satisfechos, Luis se acercó a un rincón, levantó una roca y, de ahí sacó unas mantas y se los pasó.
– Las noches son bien frías, así que les recomiendo que se cubran con esto.
Solo la luna los iluminaba por completo. A lo lejos, vieron a un grupo de luciérnagas que volaban lentamente, iluminando unas flores blancas que crecieron y florecieron al sentir la luz suave de la luna.
Los dos hermanos se apretujaron en un rincón y se taparon con las mantas. María apoyó la cabeza por el hombro de Arsenio y, antes de dormir, susurró:
– El mundo es más bello de lo que creí. Ojala no tuviésemos que regresar al edificio.
Arsenio nunca se había imaginado una vida fuera del edificio. Siempre creyó que, afuera, solo había peligro constante. Pero era la primera vez que alguien les ayudaba, sin pedir nada a cambio. E, incluso, dijo la misma frase que escucharon de su madre antes de morir: que siempre deben permanecer juntos.
Pero debían regresar. Tenían muchas bocas que alimentar. Y si no regresaban, su líder enviaría a uno de sus secuaces a buscarlos. Varias veces escucharon casos de rastreadores que decidieron no regresar y que los secuaces del líder los pillaban en mejores lugares. Todos ellos terminaron muertos. A veces traían a uno con vida y lo torturaban delante de todos los rastreadores, para que sirvieran de ejemplo de lo que podían pasar si rompían las leyes del edificio.

Frutos verdes 3

Al día siguiente, Luis desapareció y, en su lugar, encontraron una canasta de frutas maduras. Por la posición del sol, se dieron cuenta de que durmieron por largo tiempo. Era la primera vez, desde que nacieron, que pudieron dormir con tranquilidad, un sueño completo, sin temor a ser violados o asesinados por los más fuertes. De seguro Luis los vio dormir tan apacibles, que decidió no despertarlos y dejarles unas frutas que recogió en su trayecto. Ambos hermanos comieron unas cuantas frutas y sintieron un sabor dulzón y suave, muy diferente a las frutas que solían traer los rastreadores.
– Nunca antes probé algo así- Dijo María- Ahora sospecho que los rastreadores anteriores se quedaban con las mejores porciones y arrojaban al resto las malas.
– Lo suponía- dijo Arsenio- Bien, no comamos todo. Creo que estas son una buena cantidad. Y mira al cielo- señaló unas aves que volaban a lo lejos- cacémoslos y llevemos esas presas al edificio. Debemos partir antes de que anochezca.
Dispararon a las aves y las recogieron. Lastimosamente Luis no estaba para enseñarles a despellejarlos. Supusieron que fue muy lejos a cazar. Por lo tanto, como muestra de agradecimiento, le dejaron una ave dentro de la caja, metieron las frutas y los animales en sus bolsos, subieron encima de la patineta y partieron rumbo al edificio.
Ninguno se sentía contento con el retorno. Preferían seguir conociendo el mundo, al percartarse de que era más amplio de lo que imaginaban. Al regresar, presentaron lo que recolectaron y el líder los felicitó por su buen trabajo. Ninguno les habló de Luis ni les dijo cómo sobrevivieron gracias a él. Temían que el líder mandaran a buscarlo para usarlo a su provecho.
Día tras día, salían a realizar su labor como rastreadores. Poco a poco, sentían que permanecían más tiempo en el exterior que en el interior. Ni siquiera les molestaba el sol como al principio. Podían andar sin los trajes especiales, a excepción del desierto. Ahí sí debían tenerlos puestos, porque no había ningún árbol o construcción alguna que los protegiera. Poco a poco, y con la ayuda de los externos, aprendieron sobre cómo y dónde conseguir las mejores frutas, así como también cómo localizar agua potable con el tacto del suelo húmedo y el olor del rocío de las hojas y de qué bestias convenía alejarse. A Luis no lo vieron más, pero de vez en cuando lo buscaban en su guarida y siempre veían sus cosas. A veces dejaba un pedazo de carne cocida del día anterior y siempre lo recogían. Pero luego se arrepentía y le dejaban alguna fruta o algún animalito que cazaron, como para darle a entender que fueron ellos los que pasaron otra vez por ahí. El mundo de afuera del edificio les pareció interesante, lleno de novedades y rarezas que caían del cielo. Tardaron mucho en darse cuenta de que era la lluvia, el cual los externos aprovechaban para beber o acumular agua abundante. En el edificio, en cambio, solo vivían como ratas, escapaban de la luz del sol como murciélagos y se alimentaban de basura. Debían hacer algo pronto, salir de esa prisión y viajar por el mundo, así como lo hizo Luis en el pasado.
– Hablaré con el líder- le prometió Arsenio a María- a veces la superpoblación hace que desee que unos cuantos se larguen. Generalmente suele expulsar a los ancianos y a los débiles, pero quizás haga una excepción con nosotros y ceda.
– No lo sé- dijo María- Querrá algo a cambio. Aún así podemos intentarlo.
Fueron junto al líder, quien se veía poderosamente majestuoso con aquellas enormes armaduras hechas con pedazos de androides y equipos policiales antiguos. En realidad era un muchacho más joven que Arsenio y María, pero fue elegido como líder por su crueldad, fuerza bruta y sadismo. Los secuaces, todos vestidos con armaduras pintadas de negro, lo rodeaban. Todos estaban armados con espadas y puñales. Y el trono fue creado con pedazos de viejas maquinarias de diversas funciones. Y al líder del edificio lo llamaban “Justicia”, porque así se autodenominó y porque era el que, aparte de dictar las leyes, también impartía justicia en casos de altercados y otros problemas de su interés.
– Señor, le ruego nos permita realizar el cometido- le dijo Arsenio al líder, de rodillas – Mi hermana y yo nos hemos visto en la necesidad de abandonar el edificio y mudarnos a otro lugar, debido a que sucumbimos ante una nueva superpoblación y me parece justo que los que puedan resistir al exterior, salgan de aquí. Eso si usted lo cree necesario.
“Justicia” miró a Arsenio fijamente. Poco a poco movió la cabeza de izquierda a derecha y dijo:
– Si hay superpoblación, que se larguen los ancianos y débiles. Ustedes son los rastreadores más fuertes y eficaces que he conocido. Y debo admitir que son los más atractivos. Poseen cierta inocencia que engaña fácilmente a los externos, pero en el fondo son peor que las fieras. ¿Acaso me toman por idiota? ¿Cómo sé que no encontraron un bonito lugar con comida de sobra y una hermosa cascada de agua fresca que desean tenerlo para ustedes solitos? ¡Solo saldrán de aquí como cadáveres!
Los secuaces los rodearon. No tenían escapatoria. Arsenio y María se abrazaron, temiendo lo peor. Pero “Justicia” chasqueó los dedos y los secuaces se apartaron. Los miró y mostró una sonrisa maliciosa.
– Los entiendo. Aunque no lo parezca, soy muy flexible y puedo dejar que solo uno de ustedes se vaya. ¿Que tal tú, Arsenio? Fue a tí quien se te ocurrió la idea. ¿Verdad? Te dejaré ir si me entregas a tu hermana. Es una mujer muy hermosa y valiente. No se ven muchas por aquí. Y necesito una compañera para procrear y entregar a alguien mi trono luego de mi muerte.
– Prometimos estar juntos- bramó Arsenio, abrazando fuerte a María y sintiendo cómo ésta temblaba ante la idea de separarse de su hermano- Nunca te la daré. Es mi hermana.
– Entonces nunca saldrán de aquí. Se terminaron sus días de rastreadores.
Arsenio no aguantó más. Sacó su rifle y apuntó con él a “Justicia”.
– Si no nos dejas salir, te matamos- le amenazó Arsenio.
María gritó. Uno de los secuaces, aprovechando la distracción de Arsenio, se colocó detrás de ella y la aferró fuertemente de los brazos, inmovilizándola por completo. Arsenio se dio la vuelta y otro secuas le prendió una patada en el estómago, dejándolo sin aire. Enseguida, tres secuaces se abalanzaron sobre él y lo inmovilizaron.
– Tu hermana me gusta- dijo “Justicia”, sin dejar de mirar a la muchacha con ojos golosos-Jamás la mataría. Por tu atrevimiento, ahora será mía. Así que, muchacha, si te resistes, mataré a tu hermano. Entrégate ahora y lo dejaré vivir.
– ¡No, María! ¡No lo hagas!
María, sin pensarlo dos veces, accedió y se acercó a “Justicia”, quien enseguida la maniató con unos cables y la sostuvo de la cintura y del cuello.
– ¿Así que te llamas María? ¡Bonito nombre! Veo que amas a tu hermano tanto para entregarte a mí. Es una lástima que él no comprenda. Por lo tanto, no solo te perderá a tí, sino perderá la capacidad de maniobrar la patineta, de cazar y de recoger todos los buenos frutos que se comían antes de regresar al edificio.
Arsenio fue arrastrado hacia el centro del salón. Uno de los secuaces colocó su brazo encima del suelo. El muchacho enseguida comprendió lo que harían con el. Otro secuas sacó de entre los escombros un hacha grande y filosa y, de un solo golpe, le cortó la mano derecha.
Los gritos de Arsenio inundaron todo el edificio. Los moradores lo escucharon, pero siguieron con sus asuntos. No podían hacer nada por el pobre desafortunado que cayó en manos de “Justicia” por inflingir las leyes.
María fue encerrada en un pequeño cuarto. No paraba de llorar. Había visto cómo le cortaron la mano a Arsenio y se sintió culpable. Y ahora ella sería el juguete del líder, la convertiría en una piltrafa humana y, una vez que se cansara de ella, la mataría.
Arsenio, por su parte, se maldijo a sí mismo por descuidar a María. Por culpa de su terquedad, perdió a su hermana y su mano. Toda la noche no dejó de pensar en ella, mientras soportaba la herida el cual tuvo la suerte de que alguno de los moradores la desinfectara. De seguro ya estaría sufriendo el sadismo del líder. En solo pensar en la pesadilla que se encontraba su hermana, le afianzó aún más en su deseo de escapar, conocer el mundo y sentir la dicha de ayudar y ser ayudado por los demás, sin condiciones. Pero no se iría solo. De alguna manera, la rescataría y se marcharían juntos del lugar.
La única forma de lograr su objetivo era enfrentarse a un duelo de muerte contra uno de los secuaces del líder. Cada tanto, unos cuantos deseaban derrocarlo, pero siempre fallaban.
Arsenio perdió su mano derecha, pero aún conservaba la izquierda. Y tenía piernas fuertes. A pesar de su mutilación, aún creía que podría lograr su objetivo. Ante esa idea, entrenó día y noche para enfrentarse al secuaz más poderoso del líder.

Frutos verdes 4

Semanas después, todos los desterrados del edificio se dirigieron al salón más grande, donde generalmente se generaban los duelos o las ejecuciones. Los contrincantes pelearían con palos, lo cual podría ser una desventaja para Arsenio. Su contrincante le pasaba por una cabeza, pero no era veloz. Todos los desterrados apostaron que Arsenio perdería al instante.
– Este es el trato- sentenció el líder, sentado en un trono bien alto- Si tú ganas, te devuelvo a tu hermana y podrán irse adonde les plazca. Si pierdes, perderás la otra mano y verás cómo la amarro a la cama y la violo salvajemente. Es más, no te imaginas lo mucho que lo disfrutamos por las noches.
María estaba al lado del líder, con las manos atadas a la espalda y una soga al cuello. “Justicia” le dio un estirón y María se acercó a él. No poseía ninguna expresión de angustia en su rostro. Se juró a sí misma que, pasara lo que pasase, no lloraría nunca más.
– Trato hecho- dijo Arsenio, mientras le hervía la sangre al ver cómo “Justicia” le lamía la mejilla a María. Pero se controló. Deseaba ganar para librarla de esa tortura.
La pelea comenzó. El contrincante de Arsenio era muy fuerte. Sin previo aviso,blandió un golpe directo al estómago. Arsenio logró esquivarlo a tiempo. Bloqueó el golpe manipulando su palo con la mano izquierda. Por el entrenamiento, logró adiestrarla. Y cuando no podía maniobrar su arma, solo se atinaba a esquivar los golpes. Era veloz. Esa era su ventaja.
El secuas del líder no daba tregua. Siguió atacando sin parar. No le importaba que el muchacho fuese manco. Lo veía como una ventaja. Le daba rabia que esquivara sus golpes. Era como aquellos roedores difíciles de atrapar, escurridizos, pequeños, tramposos y veloces. Solo le quedaba acorralarlo, sin escape alguno.
Arsenio se percató de sus intenciones, por lo que se agachó, se acurrucó en el suelo y empezó a girar. Fácilmente se escapó de los brazos de su contrincante. Y con un ágil movimiento se levantó, recuperó su palo y le asestó un golpe certero en la nuca.
Todos se quedaron mudos del asombro. No podían creer que un manco venciera a uno de los secuaces más poderosos del líder. A “Justicia” no le agradó aquella vuelta de tuercas, pero prometió a todos que cumpliría su palabra. Sin embargo, aún tenía un as bajo la manga.
Desamarró a María y ella, al verse libre, fue corriendo junto a Arsenio. Ambos se abrazaron fuertemente, dado que creían que nunca más estarían así de juntos.
– Bien, ya tienes a la perra de tu hermana. Son libres. Pueden irse. Pero deberán cruzar el desierto sin nada que los cubra. Tal como vinieron al mundo.
Ambos supusieron que “Justicia” se saldría con la suya. Frente a todos, se sacaron sus ropas y, desnudos, salieron del edificio.
Sintieron que les habían metido en un horno ardiente. La arena del desierto era como un espejo reflector de los rayos ultravioletas del sol. El líder planeaba que ellos regresaran al edificio ante el temor de morir calcinados. Decidió no darle el gusto y, sin soltar la mano de María, fue en dirección al bosque, que apenas se distinguía a lo lejos como una delgada línea verde.
En cuestión de segundos, tuvieron extrañas alucinaciones. Aparecieron monstruos gigantes, figuras extrañas y ciertos fragmentos de infancia. Vieron a su madre, que los saludaba encima de una nube, con los brazos extendidos y listos para recibirlos. El líder les dijo que solo saldrían muertos. Podría matarlos fácilmente, pero prefirió que muriesen lentamente.
Antes de perder el conocimiento, les pareció ver a un ángel encima de una moto voladora. Seguro era otra visión. Lo único que les consolaba era que morirían juntos, tal como se lo habían prometido cuando eran niños.
Cuando Arsenio despertó, sintió que su brazo mutilado le pesaba. La levantó con dificultad y dio un grito de sorpresa. Le habían incorporado una mano robótica.
Al principio le costó moverla. Sentía mucho dolor. Era como si le acabaran de incorporarla. Pero luego, su organismo la aceptó y, poco a poco, sintió que formaba parte de su cuerpo.
Observó a su alrededor. Estaba dentro de un pequeño edificio de puertas altas y techos encorvados. Observó unos extraños aparatos, camillas, jeringas y otras herramientas que jamás había visto en su vida. Y a lo lejos vio una cruz de madera. No sabía lo que era, pero ahí vio a María, mirando la cruz fijamente. La llamó y ella, al escuchar la voz de su hermano, volteó y corrió hacia él, dándole un fuerte abrazo.
– ¡Creí que no despertarías jamás! ¿Cómo estás? ¿Te gusta tu mano? ¿Puedes moverla?
– ¡Sí, sí! ¡Estoy bien! ¡Mira!- dijo Arsenio, mostrándole cómo movía su mano robótica- Quiero saber dónde estamos y quién nos rescató.
– Fui yo- dijo una voz conocida a sus espaldas.
Arsenio se dio la vuelta y se encontró con Luis. Él se veía muy contento y aliviado por la recuperación del muchacho.
– Estuvimos recolectando chatarra y otras basuras en el desierto, hasta que los encontramos. Los reconocí al instante y decidí socorrerlos. Por cierto, gracias por los animales y las frutas que me dejaron en mi antiguo hogar. Fue una lástima que nunca pudimos coincidir después de esa noche.
– Nos salvaste. No sé cómo podemos agradecértelo- dijo Arsenio.
– Seamos amigos- pidió Luis- Hace poco conocí a Ramiro. Él también se peleó contra su comunidad y los dejó. Él vivía en otro edificio que se ubica a kilómetros de aquí.
– Fue Ramiro quien te operó en este consultorio- le dijo María a Arsenio- Te veías muy mal. Tenía miedo de perderte, pero Luis me decía que todo saldría bien. Y resultó. Estás con vida y recuperaste tu mano.
– Esto no es un consultorio. Es una iglesia- dijo Ramiro, quien ingresó al lugar y escuchó la conversación. Era también un hombre maduro, pero delgado y con manos finas – Aquí nuestros antepasados se reunían para rezarle a eso- señaló la cruz que estaba al extremo de la sala- Creo que le decían Dios. Y lo sé porque en donde vivía me enseñaron a leer y a escribir. Fue una suerte encontrarme con Luis. Sin él no sobreviviría mucho tiempo.
– Somos un grupo de desterrados- exclamó Arsenio, sorprendido- Los cuatro salimos de nuestros refugios y ahora estamos aquí. ¿Qué haremos a partir de ahora?
– Como dije, permanezcamos siempre juntos- dijo Luis- Recorramos el mundo. Es más amplio de lo que creían. ¿No es así? Pero mientras, permanezcamos en esta Iglesia, como dice Ramiro, a recuperar nuestras fuerzas. Seguro que ustedes dos también tienen una historia que contar.
Arsenio y María contaron su historia. Ramiro y Luis los escucharon con atención. Al final, se sentaron frente a la cruz y comieron. Nunca tuvieron tiempo de pensar en Dios. Arsenio y María nunca escucharon de él. A pesar de todo, y a petición de Ramiro, le dieron las gracias por seguir viviendo y por brindarles nuevos espacios donde encontrarían algo más que frutos verdes.

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Acerca de Marisol F.R.

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