Al borde del abismo

muerte a la esperanza

La rama por la cual logró sostenerse durante su caída se estaba partiendo. Sabía que, hasta ese punto, no tenía salvación. Y aún así, se aferraba a esa rama como una leve esperanza de permanecer con vida.
Sin embargo, ¿Para qué vivir, si siempre sería despreciado?
Aún recordaba cuando estaba corriendo del grupo de niños que siempre lo molestaban. Le estaban arrojando piedras. En realidad no le molestaba que le hicieran eso, solo le lastimaba que las personas que se supone debían protegerlo, no hacían nada para impedirlo. Más de una vez se preguntó cómo habría sido si se hubiese marchado o, incluso, si no hubiese nacido. Esos niños no lo molestarían y los adultos no lo ignorarían. ¿Acaso estaba destinado a recibir odio y desprecio por el resto de su vida? Y los que decían quererlo, lo hacían sin gracia. Casi diría que se escudaban en su hipocresía. Él podía verlo en sus ojos: su presencia era molestia.
Ese día, había corrido lo más rápido que pudo de esos niños. Ya se habían aburrido de arrojarle piedras. Ahora querían golpearlo con varas de madera y acero. Dos de los niños, que eran los más grandes, lo habían sujetado de los brazos y le indicaron a los más pequeños que le golpearan las piernas. Por un instante, logró zafarse y empezó a correr a las afueras del pueblo, como si huyera del mismísimo diablo.
Los niños empezaron a seguirlo. Los padres, que habían visto tal escena, siguieron con sus respectivas labores como si no estuviese pasando nada.
La víctima corrió y corrió, hasta que llegó al límite del pueblo: un precipicio.
Los niños que lo perseguían también se detuvieron. Y a pesar de la situación, todavía seguían molestándolo.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes?
– ¿Acaso te da miedo un precipicio? ¡Gallina!
– ¿Qué harás? ¿Llamarás a tu mami? ¡Ah, cierto! ¡No la tienes!
– ¡Sí! ¡Ella murió por tu culpa! ¡Si no hubieras nacido, ella seguiría viva!
– ¡Cierto! ¡Todo es tu culpa!
Los niños empezaron a reírse de su víctima. Sin embargo, se quedaron callados cuando la víctima les dijo:
– Sí. Es verdad. No vale la pena seguir viviendo. Así que, si quieren, pueden arrojarme a este precipicio.
Lo último que recordaba era que uno de los niños le golpeó fuerte la cabeza, con uno de los barrotes de hierro. Quizás no quiso arrojarlo realmente al precipicio, pero por el impacto, lo lanzó a los aires y no pudo sostenerlo a tiempo.
Por el golpe, perdió la consciencia. Sin embargo, al despertar,vio que había caído encima de una rama que salía por el costado del precipicio. Era enorme, lo suficiente para sostener un cuerpo pequeño. Un líquido rojo le cubrió la vista. Era su sangre. ¿Tan fuerte lo habían golpeado?
Todavía escuchaba los gritos de los niños que siempre lo habían molestado. No entendía si estaban deseando que se rompiera esa rama o gritaban por ayuda. Pero no le importaba. No quería pensar en nada. Simplemente siguió sujetándose con fuerza para no perder el equilibrio y caer.
Entonces, escuchó que la rama se estaba rompiendo. Ya no resistiría su peso. Intentó moverse, pero ante un leve movimiento, sintió que la rama se rompía cada vez más. Al final optó por quedarse quieto. Ya no escuchaba el grito de los niños. Tampoco el viento que lo balanceaba y amenazaba con romper lo único que lo mantenía a salvo. El tiempo se detuvo tanto que le pareció insoportable. Ya deseaba que todo eso terminara. No quería seguir sufriendo más. Y estaba seguro de que si se iría al infierno, sería mucho más agradable que vivir en la Tierra.
Poco a poco se le iba nublando la vista. Y antes de perder el conocimiento y caer por completo al abismo, escuchó una voz que le decía:
– No te vayas, Tim. Te queremos.

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Acerca de Marisol F.R.

Artes visuales, dibujo, pintura, ilustración, videos y mucho más
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