La ciudad del alquiler

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El colectivo se detuvo apenas toqué el timbre. Cuando bajé, tomé un poco de agua y me abaniqué con mi sombrero. Había llegado a Asunción, donde nací y crecí. Aunque estaba lejos de mi destino final, decidí bajarme unas cuantas cuadras antes para recorrer esas viejas calles, las cuales con el paso del tiempo se me hicieron completamente desconocidas. Como si fuesen de otra dimensión.

Empecé a caminar. Unos metros adelante, donde antes había tres casas pequeñas, se levantaba un impotente edificio de lujo. Esa escena se ha vuelto parte de mi cotidianeidad en estos últimos años. Hermosas mansiones antiguas, casas hogareñas y demás construcciones cuyos dueños no pueden mantener, están desapareciendo ante mis ojos para ser reemplazados por supermercados, departamentos, centros comerciales y edificios corporativos.

El departamento se veía bonito, práctico, cuyo precio de alquiler estimaba entre los dos millones a cinco millones de guaraníes, de una o dos piezas. ¿Pero qué hay de los estudiantes? ¿La gente humilde? ¿Los que apenas llegan a fin de mes? Casi todos ellos deben vivir en piezas de alquiler o monoambientes de pésima infraestructura y precio alto. En todo eso estuve pensando mientras observaba ese departamento. Seguí caminando, porque el guardia me miraba de forma sospechosa. ¡Hasta guardia de seguridad tenía ese edificio!

Un poco más adelante, encontré una casa hogareña con el cartel de “Alquilo”. Jardín amplio, con garaje para dos autos y portón eléctrico. Delante de la casa había un grupo de personas: el futuro inquilino, el dueño de la casa y un agente inmobiliario. Como preferí seguir mi camino, apenas escuché lo que decían. Solo atiné a escuchar algunas frases:

  • El precio es alto, pero la casa es bonita. Si me baja el alquiler le prometo realizar refacciones y ser puntual con la cuota.

Asunción se convirtió en un campo de inmuebles vacíos, cuyos propietarios (o sus descendientes) no pueden mantenerlos debido a los altos costos de impuestos y refacciones. Mi hermana y yo estamos batallando para seguir en pie y, de esa forma, cubrir los gastos de impuestos y mantenimiento de nuestra casa. Pero es difícil. Siempre hay alguien que busca una oportunidad para joder al prójimo.

“Sé más positiva” pensé, mientras seguía mi recorrido en ese extenso campo repleto de carteles de “Alquilo” y “Vendo”. Cada tanto tropezaba con algún montículo de madera o escombros. Maldecí por dentro a los albañiles y sus patrones irresponsables, que piensan que la cuadra es de ellos y pueden destruirlo a su antojo.

Hasta que al final llegué al destino: mi casa. Acabaron de sacar el letrero de “Alquilo”. Di un suspiro, toqué el timbre y, cuando abrieron la puerta, saludé:

  • Hola, soy Marisol. La del alquiler.
  • Un momento, por favor.

Me dieron el dinero, les entregué la factura y me marché de la ciudad del alquiler.

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Adultez

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Existe esa delgada línea entre la adolescencia y la adultez. ¿Lo has notado? Es cuando, pasados los veinte y un poco alcanzando los treinta, vas adquiriendo ciertos hábitos o manías que tanto criticabas a tus padres: empiezas a controlar tu dieta y a dejar de malgastar dinero en cosas que no necesitas. ¡Ya sabes! La semana que viene vence la factura y aún debes realizar las compras del súper. Los dibujitos que veías en tu infancia te parecen estúpidos, pero los sigues disfrutando. Y aunque todavía sigues metiendo la pata y durmiendo donde sea, ya te percatas de que debes encargarte de muchas cosas por tí mismo. Un día estás disfrutando de Dragon Ball o Sailormoon y, al otro, estás formando cola en el banco para retirar tu sueldo del mes. Un día sales con tus amigos a una fiesta y, al siguiente, vas modificando tu curriculum para alguna otra oportunidad laboral. El tiempo no se detiene, cada vez tus ojeras se profundizan. Ya va siendo hora de consultar tus gastos. Si ya tienes hijos, debes repartir parte de tu tiempo con las actividades escolares y demás. Y si no tienes hijos, te ocupas por completo de tí y, aún así, sientes que no das abasto. Y llega un punto en que te preguntas cómo tus padres podían con todo, siempre estoicos, como si tuvieran la solución en sus manos. No lo tenían. Solo supieron disfrazar sus frustraciones con una imagen falsa de la realidad. Y a pesar de todo, te das cuenta de que ser adulto es divertido. Puedes ir donde sea, ya sea solo o acompañado. Ya no te importa el qué dirán ni tampoco eliminar de tu vida a la gente tóxica. Y ante una decepción amorosa, cambias de página finalizando el asunto. Cuando aprendes a controlar tu dinero. también puedes aprender a conocerte a tí mismo, se te abre la mente a muchas posibles soluciones y, lo más importante, sabes cuáles son tus límites. Así que sé libre. Vuela. Eres un adulto. El tiempo pasa. Vive la vida lo mejor que puedas porque, cuando mueras, solo tus recuerdos te llevarás.

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Helado gratis

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Un chico se acercó a una chica cualquiera, creyendo que lograría algo con ella. Fingió perderse y, al final, caminaron juntos. Entre charla y charla, el chico la invitó a tomar helado. Ella aceptó y se sonrojó. Él se confió. La veía tímida, inofensiva. Sin embargo, también era esquiva. Después de un rato, ella le dio su número de teléfono y se marchó, agradeciéndole el helado. El chico, al rato, marcó el número. Pero le daba equivocado. Quizás lo anotó mal. O fue timado. Quién sabe. ¿Y la chica? Ella feliz porque tomó helado gratis en una etapa de su vida que no tenía interés en nadie más que en sí misma.

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Microcuentos

Solo un paseo

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No lo sé. La veía confundida. Quizás alterada. Quise acompañarla un rato. ¡Dios! ¡Es tan hermosa! ¡E inalcanzable! Después de todo, solo es un paseo.

Hombre 

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“Pensar como hombre” escuché alguna vez. ¿Cómo piensan los hombres? No tengo idea. Según el imaginario, el hombre piensa en muchas cosas. En ese caso, yo también lo hago. ¿Eso me hace un hombre?

Incesto

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Dios creó a Adán y Eva. Ellos tuvieron dos hijos y uno falleció. El que quedó no tenía mujer alguna con quien procrear. ¿Acaso el origen del mundo es producto del incesto? Si digo eso me tacharán de blasfema. Lo siento, mi mente fue afectada por el acto incestuoso del inicio de los tiempos cuando solo había manzanitas para comer.

Rompiendo tu ego 

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Te aman. Te amas. No amas a nadie. Todos te aman. Me conoces. Te odio. Te obsesionas. Me atrapas. Te sigo odiando. Te carcomes por dentro. Me desprecias. Me marcho. Se acabó.

 

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Caminos de otros días. Capítulo 3: sol y luna (parte 2)

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Camino de otros dias cap 3 part 2 color

Uryan cerró los ojos y pensó en Solestelar. Poco a poco, sintió que atravesaba una pared dura, que le impedía trasladarse al “mundo material”, donde Solestelar residía en esos momentos. Pero lo logró. Al fin pudo lo que Mijail realizó hacia millones de años: transmitir una proyección de sí mismo a un “mundo material” sin necesidad de desvanecerse por completo.

Sintió la presencia de Solestelar. Venía de una pequeña y extraña casa, de techo a dos aguas y paredes blancas. La casa era de dos pisos y la ventana del primer piso estaba entreabierta. Uryan voló hacia ella, la abrió y encontró a su amiga, durmiendo profundamente en una cama de sábanas rosadas. En esos momentos, tenía el aspecto de una niña de cinco años, de cabellos castaños y piel trigueña. Le acarició la cabeza, sintiéndola más dura que la energía más concentrada de su planeta. Y habló en un susurró, para no despertarla y asustarla con su inesperada visita.

  • Solestelar, me alegro que estés bien. Soy Uryan, aunque no me recuerdes. Es la primera vez que hago esto y siento que no me queda mucho tiempo. Por lo tanto, quiero que permanezcas en este mundo lo más que puedas hasta que pueda permanecer aquí, en eso llamado “envase”, y pueda contactar contigo de vuelta. Mientras, te transmitiré parte de mis recuerdos para que, cuando nos volvamos a ver, te acuerdes de mí.

Uryan posó ambas manos sobre la cabeza de la niña y le transmitió sus recuerdos. Cuando terminó, ingresó a su mundo, abrió los ojos y se quedó observando un fragmento del mundo material al que había visitado. Por la falta de luz, supuso que era de noche. Pero había un gran satélite en el cielo, al que los “materiales” le decían “Luna”. Al menos, ese mundo tenía algo hermoso que aparecía por las noches, en compañía de las estrellas. Por lo tanto, deseó que, cuando encarnara en ese mundo material, lo hiciera bajo la luz de la luna.

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